Cuando Agusto Cólogan, con quien coincido por la mañana un domingo sí y otro también, en el quiosco de Govea en La Paz, justo en el momento de comprar la prensa, me comunicó que tenía un sobrino escribiendo un libro sobre la historia de la familia, mostré una doble satisfacción: por un lado, por ser un miembro de la familia el que la realizaba, lo que suponía que iba a tener abierta las puertas para hacerla la más completa; y por otro, porque se trataba de la casa comercial irlandesa más importante de la colonia británica en el Puerto de la Cruz durante los siglos XVII y XVIII, aunque con clara proyección económica en la isla de Tenerife. Hasta ahora contábamos con el interesante trabajo sobre la familia de Agustín Guimerá Ravina Burguesía extranjera y  comercio atlántico.

Conocí a Carlos por medio de  Agusto, cuando aún lo estaba escribiendo. Le felicité. Siempre he pensado que por ser irlandeses, no sólo tuvieron  importancia en el plano económico, sino también en el social y cultural. Era de dominio público, Pero, después de ver el libro me convencí de la enorme deuda que tiene el Puerto de la Cruz, y Canarias en general, con los antepasados de la familia Cólogan. Son anfitriones de los más grandes expedicionarios del siglo XVIII en la isla, mecenas de muchas obras de arte y destacados políticos locales, lo que los distinguen también en el campo de la acción social y cultural. Por ello, para los habitantes del Puerto de la Cruz, es un libro imprescindible. Se recoge, a través de una destacada familia local, tres siglos de historia, no solo doméstica sino también de la ciudad.

Personalmente me interesaba la historia de la familia porque dentro de la colonia británica los irlandeses se diferenciaban mucho de los ingleses, aunque tenían similitudes culturales. Los ingleses incidieron culturalmente en los isleños a lo largo de siglos por su presencia en suelo insular, pero no realizaron obras como las que realizaron los irlandeses, excepto sus templos, residencias y hoteles a finales del siglo XIX y principios del XX. Los irlandeses tuvieron, por su condición religiosa, proyección en el patrimonio eclesiástico. También las razones de sus llegadas fueron diferentes, como veremos y como se puede constatar en el contenido del propio libro. Los dos vinieron por el negocio. Pero los ingleses realizaban la actividad mercantil  y después abandonaban la isla, salvo la comunidad británica, pero eso es otro caso. Estamos hablando de la colonia inglesa dedicada al business. Los irlandeses, sin embargo, realizaban la actividad comercial, pero fijaban su residencia en territorio nacional,  permanecieron entre nosotros, y algunos se incorporaron a la milicia.  ¿Por qué arribaron en número considerable a España, y en particular a las islas Canarias, tantas familias irlandesas?  Su génesis está en la historia de dos naciones, Inglaterra e Irlanda.

En efecto, la historia de los irlandeses en nuestro país tiene su inicio en la Inglaterra de los Tudor. Enrique VIII, al propugnar la reforma religiosa en el reino y reemplazar el credo católico por el credo anglicano, generó en la vieja Irlanda un furibundo y enconado enfrentamiento religioso. Al principio, la Reforma arraigó tanto en Irlanda como en Inglaterra. El acta de Supremacía que en 1534 declaró a Enrique VIII cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, no se extendía a Irlanda. Pero, tres años después, diciembre de 1537, pese a la oposición de algunos de sus miembros, el Parlamento irlandés aprobó su propia Acta por la que se declaraba a Enrique VIII “la única Cabeza Suprema  en la Tierra de toda la Iglesia de Irlanda”. La jerarquía eclesiástica le preocupaba más acumular riquezas y seguir la política del gobierno Tudor, que de hacer proselitismo con el catolicismo. Y cuando se suprimieron  los monasterios en Irlanda, al igual que en Inglaterra, los obispos y nobles irlandeses se mostraron tan dispuestos como sus homólogos ingleses. Incluso, a diferencia de Inglaterra, en Irlanda no hubo oposición a la Reforma por parte del pueblo; no hubo ningún mártir santo como Tomás Moro. Entonces, ¿cuando Irlanda se levantó contra la dominadora Inglaterra?  El Parlamento de Irlanda que había abrazado la Reforma, no representaba a más de nueve condados, de unos  veinte y picos o treinta que tenía el país. Es decir, sólo una minoría británica gobernante. Enrique VIII ordenó que se realizara una investigación gubernamental, bajo el rublo de “Estado de Irlanda”, para conocer la naturaleza del país. Ahora los ingleses comprobaron que había jefes de condados, llamados a sí mismo  Reyes, que no obedecían a ninguna otra persona temporal, y que hacían la guerra y la paz cuando quieren y sin ninguna licencia del Rey.

En 1541, Enrique VIII tomó medidas para corregir esta situación, y para ampliar su autoridad, hizo que el Parlamento irlandés promul­gara las leyes conocidas como “de Cesión y Devolución”, por las cuales todas las tierras de Irlanda pertenecían al Rey, quien las “devolvería”, como si se tratara de una concesión especial, a quienes le jurasen lealtad. Éste fue el golpe definitivo a las costumbres gaélicas, o irlandesas, recogidas en la Ley brehona, el sistema legal más arcaico de los irlandeses, y a la tenencia colectiva de la pro­piedad. A cambio de ceder sus tierras al Rey, y jurarle lealtad, esas mis­mas tierras serían devueltas a los jefes irlandeses, a título personal. Pongo como ejemplo el caso del Ulster, por constituir el origen del problema de Irlanda del Norte. El jefe de los O’Neill del Ulster, Con, se sometió a este acuerdo en diciem­bre de 1541, tras lo cual adoptó el título de conde Tyrone. Precisamente al hacer que se reconociera como sucesor suyo a su primogénito, según el derecho hereditario inglés, y no a su otro hijo, ni a sus sobrinos, quienes, según la costumbre gaélica, tenían to­do el derecho a ser considerados sus sucesores, comenzó la revuelta de sus descendientes contra el afianzamiento del poder inglés en Irlanda. Conflicto que todavía perdura.

A partir de entonces, Irlanda se convirtió en una fuente constante  de preocupación para el gobierno británico, pues los enemigos católicos de Inglaterra en Europa, siempre se mostraron dispuestos a avivar el fuego del nacionalismo irlandés, con el antagonismo religioso de fondo, aunque en Irlanda la religión no era más que un disfraz de la expropiación económica. La represión fue una constante en la política inglesa. Muchos fueron los intentos de invadir Irlanda con la ayuda del papa Gregorio III y Felipe II. Y desde ese momento, la península Ibérica acogió  a un buen número de irlandeses, sobre todo en Galicia, debido a las facilidades de comunicación marítima entre los puertos sureños irlandeses y los puertos gallegos. La presencia de irlandeses en territorio nacional se produce en un contexto histórico complejo de relaciones entre Inglaterra y España desde la etapa del reinado de Felipe II hasta la de Felipe V; y el período de Isabel I a la dictadura de Cromwell.

Al principio, la llegada de algunos fue de misión puramente política, con el objetivo de conseguir ayuda de Felipe II para invadir Irlanda y liberarla del dominio inglés. Y uno de los máximos protagonistas es el caudillo de los irlandeses del Sur, James Fiztmaurice FiztGerald, ocupado por entonces en buscar la ayuda de Felipe II o del Papa para sus objetivos políticos. Trataba  de formar un contingente de voluntarios en el Ferrol para ir a Irlanda, pero la misión, postergada por Felipe II, no se llevó a cabo, fundamentalmente porque el rey necesitaba reunir recursos militares para atender el frente de la guerra con Portugal. Lo que no significa que Felipe II no lo intentara por su cuenta en otras ocasiones.

Pero, en 1653 se procedió a la unificación de Irlanda por Gran Bretaña, y años después en la batalla de Boyne, librada el 1º de Julio de 1690, en las márgenes del río del mismo nombre, a pocos kilómetros al norte de Dublín, entre las tropas de Jacobo II, acérrimo católico, que regresó a Irlanda después de ser destronado, y el monarca de Gran Bretaña, Guillermo III,  el sometimiento fue definitivo. El régimen victorioso fue severísimo con el catolicismo de la sojuzgada Irlanda. Una serie de decretos, recogidos en las llamadas Leyes Penales, ordenaba que todos los obispos y sacerdotes católicos debían de abandonar Irlanda. Pero eso no fue lo peor. Se prohibió a los católicos heredar tierras de los protestantes, arrendar terrenos por más de 31 años, comprarlos, e hipotecar sus bie­nes inmuebles. Los que fueran dueños de tierras, tenían que legarlas a todos sus hijos por partes iguales, a menos que alguno de ellos se convirtiera a la Iglesia anglicana de Irlanda, en cuyo caso heredaría toda la propiedad el primogénito. Se promulgaron decretos que impedían que los católicos adquiriesen una profesión, recibieran una educación formal, o accedieran a empleos públicos. Se recortaron derechos políticos y civiles. En 1727 se les negó el voto en las elecciones parlamentarias. En conjunto, las leyes sirvieron para eliminar a la nación irlandesa, con el pretexto de la religión.

Irlanda era pobre, rural y atrasada, y numerosas familias católicas emigra­rán desde los albores del siglo XVIII a países que, como España, les acogieron con los brazos abiertos. Pero por entonces no solían expatriarse los desposeídos, o campesinos, sino gentes de la pequeña nobleza, pequeños propietarios, o de la incipiente clase media, de fuertes convicciones religiosas, pero asfixiados por el sistema económico establecido por los ingleses. Hubo un abundante aflujo de irlandeses a urbes mercantiles de Francia, Países Bajos, Holanda y España, sobre todo Andalucía  (Málaga, Sevilla y las bahías de Cádiz). Se ocuparon en la milicia, el sacerdocio, pero sobre todo en el comercio; por su adscripción católica prosperaron en la sociedad española, pero siempre preservando los lazos con Irlanda. La mayor parte de todos los irlandeses provenían de la misma localidad: Waterford, puerto al suroeste de Irlanda.

Como se desprende del libro de Carlos Cólogan, hubo una cierta relación entre los irlandeses afincados en la España peninsular y Canarias. Yo creo, que la relación entre la colonia irlandesa en Canarias y la de la península, sobre todo, de Andalucía, fue mucho más estrecha de la que suponíamos, porque allí había un grupo de comerciantes que se había formado a lo largo del siglo XVII como consecuencia de los privilegios concedidos al comercio inglés en los tratados y paces  que España firmó con Inglaterra tras la paz de 1604.  Esta presencia se intensificó a partir de 1692 tras la diáspora jacobina, como sucedió con un buen número de irlandeses en la isla, dedicados todos al comercio.

A ello habría que añadirle la ventaja que supuso el hecho de que en 1716, finalizada la Guerra de Sucesión de España, se iniciara una política de atracción y asimilación de extranjeros. Se ofrecía la vecindad a todos aquellos que viniesen a España para dedicarse al comercio o para ejercer algún oficio útil. Andalucía fue la preferida. Estos hombres de negocios reconstituyeron, tras la guerra, las redes de corresponsalías comerciales y restablecieron las conexio­nes de las ciudades andaluzas con los mercados del norte de Europa. Así, los fletes contratados por estos comerciantes, en­tre 1720 y 1724, para el transporte de vinos, pasas, aceites, limones y otros productos te­nían como destino puertos como Cork, Baltimore y Dublín en Ir­landa; Bristol y Londres en Inglaterra; Roterdan y Amsterdan en Holanda, o Hamburgo en Alemania.

Además, la condición de católicos les proporcionó amplios privi­legios para viajar y comerciar desde los puertos de la Monarquía española, y desde los puertos andaluces a los puertos canarios. Estas ven­tajas las supieron apreciar y aprovechar pues, salvo momentos de crisis y de prohibición en que quedaron suspendidos estos privile­gios, raras veces le afectaban por su condición de católicos.

En este contexto histórico va a llegar a Canarias los primeros miembros de la familia protagonista del libro que estamos presentando.

El libro de Carlos Cólogan comienza con la llegada a Tenerife el 12 de octubre de 1684 de Bernardo Walsh, españolizado, Valois,  procedente de Ostende, Bélgica, los Países Bajos, perteneciente entonces al dominio imperial español. Allí lo recibió su tío Anthony Carew, hombre afincado en el puerto belga como muchos irlandeses que huyeron de su país natal por rechazo al dominio inglés. Sobre Bernardo Valois, Agustín Guimerá Ravina escribió un interesante ensayo publicado en el 2005, Las memorias del comerciante irlandés Bernardo Valois,  sobre la base de la consulta del archivo particular de don Melchor Zárate  Cólogan.

Ya, dos hermanos de Bernardo -Nicolás y Patricio- se habían instalado en Canarias como comerciantes. Cuando llegó a Tenerife desde Ostende se estableció en el Puerto de la Orotava, en la casa comercial de su hermano Patricio, entonces dedicado a la exportación de vinos y de naviera. Nicolás se hallaba afincado en Gran Canaria.

En, y, desde Tenerife, los Walsh o Valois generaron una maraña endogámi­ca de negocios, matrimonios, relaciones y clientelismos propios del clan de los irlandeses en el extranjero. Afirma Agustín Guimerá Ravina, que la endogamia entre los comerciantes irlandeses se realizaba para la continuidad del negocio. Yo precisaría esta sentencia. No era para la continuidad del negocio, en la medida en que eso se realizaba a través de la descendencia, sino para aumentar la riqueza. Bernardo Valois, nuestro personaje, se casó en 1705 con su prima Francisca  Xaviera Geraldin, hija de su primo Gregory  FiztGerald Wyse, con quien estuvo asociado entre 1700 y 1718.

A propósito, Gregory, como afirma Carlos en su libro, huyó de Irlanda por su apoyo a Jacobo II en la batalla de Boyne 1690 y se estableció en Nantes (Francia) donde nació Francisca. Pues bien, vemos en Gregory  FiztGerald, un irlandés ligado directamente al conflicto histórico entre Inglaterra e Irlanda, que nos gustaría saber si tiene algún parentesco con James Fiztmaurice FiztGerald, el que vino a Galicia en busca de ayuda de Felipe II o del Papa para invadir Irlanda, en la medida en que ambos tuvieron implicados en la lucha contra la dominación inglesa. Por más que yo lo intenté averiguar en Internet, no pude confirmarlo. No sé si Carlos nos lo podría aclarar.

Siguiendo con el relato, también vemos que existía un cruce de padrinazgo y enlace matrimonial entre la familia y algunos comerciantes irlandeses en Andalucía. Según Carlos, los padrinos de boda de Bernardo Valois y Francisca Xaviera fueron George FitzGerald y la esposa de Thomas Wadding, otro irlandés afincado aquí, que me supongo que sería hermano de Walter y Gerard Wadding, comerciantes afincados en Cádiz, o pariente, ejemplo de la existencia de un estrecho intercambio de negocio o comercio con irlandeses en tierras andaluzas.

Una hija de Bernardo, María Valois Geraldin, se casó con Thomas Quilty, como bien recoge Carlos, un destacado comerciante y empresario irlandés que había llegado a Málaga en 1728, y oriundo también de Waterford, para trabajar con su tío Mateo Quilty. Heredó el negocio de su tío. Mateo y Tomás Quilty tenían como factor en Liverpool a Luis Butler, relacionado con la familia Valois. El abuelo de Bernardo era un Butler, y el irlandés Francisco Forstal en Santa Cruz, estaba casado con María Butler, hija de Jacob Butler.

Esta maraña endogámi­ca de negocios, matrimonios y relaciones, así como de actividades, permitió a la familia un enriquecimiento rápido materializado en la adquisición de fincas urbanas y rústicas con objeto de mantener en las sucesivas generaciones la solidez económica que la práctica del comercio les había proporcionado.

Pero no fue exclusivo de la familia Valois.  Otros comerciantes irlandeses establecidos en Tenerife también tenían parientes en Andalucía que operaban como redes de corresponsalías comerciales y conexiones para operaciones de toda índole. Así nos encontramos que en Málaga había irlandeses dedicados al comercio marítimo, como una compañía llamada “Chancey and Tobin Co.”, y que en el Puerto de la Cruz estaba establecido desde el año 1750 un dublinés llamado Michael Chancey. No sabemos si eran hermanos o qué tipo de parentesco. Pero, en todo caso, eran comerciantes familiares. También en Málaga encontramos a un mercader por su cuenta “Juan Murphy and Co.”, y en el  Santa Cruz de Tenerife se encontraba Patricio Murphy, también establecido desde 1750.  O la de la familia Blanco (White) a la que Carlos le dedica un epígrafe en su libro por su importancia y muy conocida por los lugareños de aquí.  Y así muchos más

Las actividades económicas eran muy variadas, incluyéndose en ellas cuantas operaciones pudieran reportarles beneficios: comercio por cuen­ta propia y comisionistas, créditos, depósitos, intermediación fi­nanciera, compra de embarcaciones, fletes, arrendamientos de impuestos y servicios, suministros a la milicia o a la armada, etc., etc., etc.

Los cosecheros locales se veían generalmente obligados a acudir a los comerciantes anglo-irlandeses para muchas empresas que querían acometer en el exterior, pues ellos estaban bien vinculados a las redes del comercio occidental y así es frecuente observar la remisión de mer­cancías o su expedición hacia puertos de la fachada atlántica: Londres, Dublín, Ámsterdam, Ostende, Burdeos, Lisboa, Hamburgo o Copenhague. También tenían relaciones con los puertos de Berbería, del Mediterráneo como Alicante, Marsella,  etc., y mucho con Andalucía.

Es este el momento de la simbiosis entre los Valois y los Cólogan tras el matrimonio de Juan Cólogan Blanco y Margarita Valois en la ermita de La Paz en 1742.

El estallido y el inesperado triunfo de la Revolución Francesa (1789) cambiaron  las posiciones diplomáticas de España con Francia. En un principio, el objetivo prioritario del secretario de Estado (especie de Ministerio de Asuntos Exteriores), el conde de Floridablanca, consistió en aislar a España de todo contacto y cerrar el país a toda posible penetración de la ideología subversiva procedente del país galo. Pero cuando las relaciones se tensaron más, las inmediatas medidas no se hicieron esperar. Mayor vigilancia y control a la colonia francesa establecida en territorio nacional, hasta que el 20 de julio de 1791 se publicaba una Real Cédula por la que se orde­naba la «Formación de matrículas de extranjeros residentes en estos Reynos».

En las islas la comunidad francesa no era muy numerosa. En los dos principales puertos de la isla de Tenerife (Santa Cruz y el Puerto de la Cruz, entonces Puerto de Orotava) solamente había 18 franceses residentes, la mayoría domiciliados en Santa Cruz; sólo había dos residentes en La Laguna y dos en el Puerto de la Cruz. Sin embargo, la colonia más numerosa de extranjeros era británica, muestra de la gran relación comercial que existía entre Canarias y el Reino Unido. Había unos 40 súbditos anglo-irlandeses:  9 residía en Santa Cruz y 31 en Puerto de Orotava. Todos los domicialiados en la capital eran católicos. Sin embargo,  de los 31 residentes en el Puerto de la Cruz, 19 eran domiciliados católicos y 12 transeúntes, siete británicos protestante.

Por países tenemos que 5 eran ingleses, 4 escoceses y, el resto,  31, eran irlandeses y casi todos residentes en el Puerto de la Cruz.

Y traigo esto aquí porque en este censo de extranjeros residentes en las islas ya no figuraban en la matricula de extranjerso ningún Cólogan. Ya, con la tercera generacion, se había naturalizado la familia. En efecto, Bernardo Cólogan Fallon (1772-1814)  no fuguraba en la lista de extranjeros, ni sucesivamente en los distintos censos de extranjeros aparecerán ningún miembro Cólogan en ellos.

La crisis económica originada por las guerras napoleónicas dañó seriamente a la colonia británica (irlandeses, ingleses y escoceses) hasta tal punto que algunas quebraron. Podemos hacer un simil con la teoría de la evolución, es decir, los comerciantes más fuertes resisten mejor los embates negativos de la crisis. Siguieron ejerciendo la actividad mercantil las de mayor solvencia y las que tenía actividad mercantil en Santa Cruz y el Puerto de la Cruz; una de ellas es la casa comercial Cólogan, por entonces con Bernardo Cólogan.Fallon a su frente; y la  otra Pasley Little and Co., a cuyo frente se encontraba Archibald Little, residente en la isla desde 1774. Mientras que los menos solventes desaparecerían Acabaron sucumbiendo en el Puerto de la Cruz, David Lockhard* (inglés residente en el lugar desde 1741), David William Mahony (irlandés residiendo en el lugar desde 1751), John Culmann (irlandés establecido desde 1786), John Enmanuel Mitchel (escocés establecido en 1790), Michael Chancey (irlandés residente desde 1750) e irlandeses Dionisio O’Daly y Diego Barry, quizás lo dos más fuertes de cuantos hemos señalados.

Después de un periodo de crisis económica de la familia a raíz de la muerte  de Bernardo el 14 de abril de 1814, motivado por un litigio hereditario, bien analizado por Carlos en su libro, la casa comercial Cólogan se convertiría en  una de los mayores contribuyentes del municipio del Puerto de la Cruz, a partir del año 1835 con la explotación de la cochinilla. Su contribución anual en el pueblo como comerciante al por mayor rondaba entre 3.000 y 4.000 reales de vellón, una cantidad considerable. Su más cercano contribuyente,  Little and Pasley, rondaba alrededor de 1.500 a 2.000 reales de vellón. Eran las dos más fuertes. Además de las fincas rurales, en el censo de 1827 la familia Cólogan tenía en el pueblo 27 casas, 5 bodegas y 1 almacén de tres cuerpos; y en el censo de 1857, Tomás Fidel Cólogan era el mayor propietario de la ciudad: 73 fanegadas de tierra y 32 casas, es decir, con muchas más propiedades rústicas y urbanas que otros grandes hacendados locales (Francisco Ventoso, Juan Lavaggi, Andrés Espinosa, Andrés González de Chávez o Domingo Betancourt).

No sólo el comercio sino también la acción política y social fueron otros espacios en el que hubieron de implicarse, sobre todo en la iglesia, aunque intentaron buscar otras perspectivas en la socie­dad civil para ganarse la nacionalización. Por ejemplo, uno de los méritos que alegó para conseguirla Bernardo Valois fue la edificación de la  capilla de San Patricio en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Francia. O Nicolás Bernardo Valois era hermano mayor del Santísimo y regaló en 1727 un báculo de plata que sirve de insignia a los hermanos mayores, casos bien documentados por Carlos en su libro Los Cólogan de Irlanda y Tenerife.

Volviendo al libro, me ha interesado algunos miembros de la familia por su destacado papel en la cultura isleña. Nicolás Bernardo Valois y Geraldin, como mecenas de monasterios e iglesias. A propósito, según Carlos Cólogan en su libro, fue el primero en obtener las Certificaciones de Nobleza y Limpieza de Sangre, reglamentaciones que impedían, a los judíos conversos al cristianismo y a sus descendientes, ocupar puestos y cargos en diversas instituciones, que pueden ser de carácter religioso, universitario, militar, civil o gremial; y tiempo más tarde los Estatutos se extendieron a los moros, protestantes y a los procesados por la Inquisición.

Así como, de especial interés es el capítulo dedicado a Bernardo Cólogan Fallón, tercera generación de la familia, como bien lo llama Carlos, el Ilustrado. De suma importancia para todos los que estén interesados por la literatura de viaje. Fue el anfitrión de Alexander von Humboldt. Poeta, filántropo, amigo de la sabiduría y autor de una crónica de la erupción de Chahorra en 1798, traducido al francés por Bory de Saint Vincent.

La característica del libro, atestado de nombres, lugares y fechas, de estructura híbrida entre temática y cronología familiar, es ser un estudio en profundidad sobre la historia de la familia Cólogan. Es un manual de consulta imprescindible para la gente del Puerto de la Cruz. En general, para todo el que quiera saber la historia moderna de Canarias, pues gran parte de ella está protagonizada por la colonia anglo-irlandesa. Pero sobre todo, para los vecinos del Puerto de la Cruz, porque aquí van a enterarse de la génesis del origen de mucho patrimonio de la ciudad. Van a enterarse de la historia de la construcción de la casa Ventoso; van a enterrase de la historia de la construcción de la casa, que hoy es hotel Marquesa; de la hermosa residencia de La Paz; de la capilla de San Patricio; de la ermita de San Amaro, aunque hay un interesante estudio de nuestro amigo José Javier Hernández García.

Hay que agradecer a Carlos Cólogan Soriano la publicación de este interesantísimo libro, rigurosamente ilustrado, con gran cantidad de documentos, pinturas, fotografías, postales y blasones que contribuyen a resaltar estéticamente el resultado final de la obra. Todo un esfuerzo encomiable, riguroso y original, de un novel autor. Enhorabuena. Y a todos ustedes queridos amigos, los que aún no lo tenga, que estén interesados por la biografía de las personas que han marcado nuestra historia, les animo a ºque lo compren. Es un libro muy recomendable. Muy buenas noches.