Si hay viajeros extranjeros de los que visitaron las Islas Canarias que se ocuparon del vino fueron los ingleses. El tema fue especialmente atractivo para ellos, porque la historia del vino canario ha estado siempre vinculada estrechamente con el Reino Unido, principal consumidor, hasta poder afirmar que fue el que acaparó el mercado en los mejores años de la producción vitivinícola de las islas. Se produjo desde el mismo momento en que las Canarias se incorporaron a la órbita de la economía mundial.

Los grandes terratenientes establecidos tras la conquista introdujeron la caña de azúcar respondiendo a las exigencias del mercado mundial y emplearon esclavos negros,  pero, antes del final del siglo XV la vid ya había sido introducida. La principal variedad: la malvasía. Desde las islas se solicitan a Las Cortes de Madrid en 1573, bajo el reinado de Felipe II, el abandono de la caña y tras floreciente estado del comercio de vinos, se pidió al soberano ciertas facilidades para dar salida a su producción.

El Valle de La Orotava fue antaño la zona de producción de tales vinos. Juan Nuñez de la Peña, en su “Conquista y Antigüedades de las Islas Canarias”, Madrid, 1676, hablando de la distribución de las viñas en Tenerife, comenta sobre el Valle: “VILLA DE LA OROTAVA está toda cercada de viñas de Malvasías, que es el mejor fruto de la isla; REALEJO DE ARRIBA: tiene muchas viñas de Malva­sías; REALEJO DE ABAJO: tiene muchas Malvasías que son la riqueza de la isla.

No todo fue malvasía, sino también otras variedades trasplantadas desde distintos lugares de la Península”. Si atendemos a las conocidas fuentes inglesas de viajeros como Thomas Nichols (siglo XVI), Edmund Scory (siglo XVII), George Glas en el siglo XVIII las diferentes variedades de parras españolas, sin intentar agotar el repertorio, eran el listán, el albillo (conocida también por uva perruna), el negromolle, la bermejuela, las andaluzas quebrantatinajas y almuñécar, entre otras. Es decir, el listán, hoy mayoritaria, ya se cosechaba en el siglo XVII.  Como señala el profesor Bethencourt Massieu, no todos los racimos de estas variedades eran aptos para la elaboración de caldos exportables; algunos proporcionaban aguardientes y otros estaban destinados al consumo local.

El vino se convirtió en el más importante producto de exportación, con cuyo comercio el archipiélago canario vivió su auténtico esplendor económico. Siguiendo a William Dampier, probablemente el viajero más notable de cuantos visitaron las islas en el setecientos, estuvo en Tenerife en enero de 1698, y recorrió la isla por la vertiente norte, en el siglo XVII se cultivaban el Verdona o Vino verde, fuerte, más áspero y más ácido que el Canary wine, que no se exportaba demasiado para Europa, se enviaba, sobre todo, para Las Antillas, en la medida en que se conservaba mejor en los países cálidos y era más barato, por lo que los viajeros o navegantes los compraban para llevarlo a bordo durante sus travesías. Este tipo de vino era producido en el este de Tenerife y se exportaba desde el muelle de Santa Cruz. Los otros dos vinos, el Malvasía y el Canary wine [Canary sack], se cosechaban en el oeste de la isla, y a lo largo del siglo XVII sus producciones se coviertieron en las auténticas protagonistas. Se exportaban para Europa, sobre todo para Gran Bretaña, desde el Puerto de Orotava (hoy Puerto de la Cruz), «el puerto más importante de la isla y donde residía una pequeña colonia inglesa y el consulado de Inglaterra». Según el viajero inglés, el Malvasía y el Canary Sack eran considerados los mejores.

Bien entrado el siglo XVII sus cosechas se extendieron al resto del archipiélago. Las islas de mayor producción eran Tenerife, La Palma, Gran Canaria y, en menor medida, La Gomera. Las principales zonas de viñedos en Tenerife eran Buenavista, la comarca de Daute, el valle de La Orotava, Tegueste y especialmente San Juan de la Rambla, que era donde se producía el mejor vino de la isla, según los viajeros del setecientos. Para el propio William Dampier, los vinos de Tenerife eran los mejores del mundo. En Gran Canaria destacaban los viñedos de Telde. En La Palma las mejores cepas se encontraban en las Breñas.

Por la malvasía y el canary sack venían las naves de Londres, Amsterdam y otros puertos a nuestras radas para cargarlos y volver a sus puntos de origen, comenta Dampier. El consumo de los caldos canarios era de lo más habitual en Inglaterra. Aunque ambos vinos se exportaban, el malvasía era la variedad mejor pagada en el comercio vitivinícola anglo-canario. La principal consumidora era Inglaterra, también en Holanda, Escocia, Francia, Alemania y algunas otras naciones nórdicas se degustaban el malvasía. Tenerife era la principal beneficiada por este tráfico, seguida por la isla de La Palma

Pero pronto, esta edad de oro del vino isleño se vio truncada. La legislación proteccionista impuesta por Gran Bretaña entre 1650 y 1696, conocidas como las “Actas de Navegación” (Navigation Acts) de 1651 de Cromwell, obligaba a todos los barcos que quisieran realizar el comercio en los puertos de Inglaterra o en sus colonias a realizarlo bajo pabellón inglés con el fin de incrementar la contribución a las arcas del Estado a través del mercado de ultramar, Según estas disposiciones, los vinos en el futuro deberían ser transportados a Inglaterra, donde pagarían altos aranceles, vueltos a embarcar rumbo a las colonias, previo pago de impuestos de salida, al igual que de entrada en el punto de destino americano. El precio de venta al público en destino tendría forzosamente que ser elevadísimo, tanto por el aumento de los impuestos como por la carestía de los fletes. Se endureció mas tarde tras el matrimonio de Carlos II de Inglaterra con la princesa portuguesa Bárbara de Braganza en 1662 y la posterior aplicación del Staple Act de 1663. A partir de ahora, quedarán exentos de los aranceles la sal procedente de las islas de Azores, destinada a la salazón de la pesca de Nueva Inglaterra, los víveres de Irlanda y los vinos de los archipiélagos portugueses del Atlántico”, según el profesor.

Charles Edwardes, viajero inglés que visitó las islas en 1887, recoge los problemas existentes en virtud del acercamiento de Inglaterra a Portugal. La tirantez entre España e Inglaterra, una balanza de pagos favorable a Tenerife y, por supuesto, el acercamiento de las Coronas inglesa y portuguesa favorecieron notablemente a los vinos de Madeira, en detrimento de los de Canarias. La consecuencia inmediata fue un desequilibrio comercial, pues se compraba más a los ingleses que lo que se le vendía. Para superar ese desequilibrio en la balanza de pagos, los comerciantes ingleses crean en 1665 la Canary Islands Company en Londres, con la intención de controlar la exportación de vinos y fijar los precios .Las condiciones impuestas por este monopolio traería consigo unas reacciones violentas. Corresponsales y agentes ingleses fueron expulsados de Garachico, se prohibió a los cosecheros vender los caldos a la Canary Islands Company y la crispación llega a su extrema violencia, cuando en 1666, los cosecheros, atenazados por la presión comercial y cansados de que las protestas fueran en vano ‑pues mientras la Audiencia defendía a los cosecheros, el Capitán General defendía a los ingleses‑ atacaron los almacenes de las casas inglesas. Cantidades de barriles de vinos fueron reventados durante la noche por bandas de campesinos enmascarados, y el vino fue enviado a través de las cunetas al mar, relata Charles Edwardes, siguiendo a Viera y Clavijo.

Por ello,  a finales del siglo XVII, el malvasía vive una lenta agonía. Se reduce considerablemente el mercado inglés y Tenerife asiste perpleja a momentos de mucha tensión después de la formación de la Compañía de Mercaderes de Londres el 17 de marzo de 1665. Comienza la recesión económica de las islas

Pocos años después, se perdió definitivamente el mercado inglés. George Glas afirmó en 1761, que, en aquel tiempo, unas 15.000 pipas de vino y coñac se exportaban sólo desde Tenerife, principalmente a la parte británica de América del Norte, y que el comercio se encontraba bajo el control de los irlandeses católicos. En efecto, los vinos, principalmente blanco, se exportaban a las colonias españolas de América, Europa y se vendían en tierra a los navíos en sus rutas hacia el sur por la comunidad irlandesa establecida en los puertos de Santa Cruz y el Puerto de la Cruz, de la que sobresalía la casa comercial de Juan y su hijo Bernardo Cólogan, a la cual se dirigió William Bligh, el capitán de la Bounty en diciembre de 1787. Por lo interesante de su comentario, transcribo todo el texto referido

 

Di las órdenes necesarias a los señores Cólogan e hijos, comerciantes con los que traté, para obtener los suministros que deseaba. Compramos un vino muy bueno a diez libras por pipa[1], el precio apalabrado; pero el de calidad superior costaba quince libras; y parte de este no era muy inferior al mejor Madeira de Londres. Vi que ésta era una estación desfavorable para otros víveres: el maíz, las patatas, las calabazas y las cebollas eran muy escasas y a doble de precio del que tienen en verano. Asimismo era difícil conseguir ternera y sumamente mala, a casi seis peniques y cuarto la libra. El maíz estaba a tres dólares de curso legal por fanega, lo cual es en total cinco chelines por fanega; y las galletas a veinticinco chelines por un centenar de libras. La carne de ave de corral era tan escasa que un buen pollo costaba tres chelines. Éste, por lo tanto, no es un lugar donde los barcos confíen en obtener víveres a un precio razonable en esta época del año, a excepción del vino; pero de marzo a noviembre hay abundancia de provisiones, en especial fruta, de la cual en este momento sólo pudimos procurarnos unos higos secos y algunas naranjas de mala calidad.

También era realizado por algunos ingleses y escoceses, destacando Pasley and Little,  A cambio realizaba la importación de manufacturas inglesas –sombreros, calcetines, medias, sardinas, arenques ahumado y adobado, cerveza, material de ferretería, botellas, entre otros productos– y manufacturas norteamericanas.

A pesar de la caída del comercio del malvasía, según el naturalista Michel Adanson, que visitó Tenerife en 1749, todavía el malvasía era la auténtica variedad del comercio vitivinícola anglo-canario, aunque no como antes.  Según el viajero, se producía unas 40.000 pipas, pero no ya de malvasía, sino de vino corriente y aguardiente (seguro que parra), que se consumía mucho en las islas. El gran navegante James Cook, cuando visitó Tenerife en 1776, corrobora la cifra de Adanson y nos dice que los vinos normales se exportaban mucho para las Antillas españolas y América Septentrional, coincidiendo por lo afirmado por George Glas.  Esta parte última de América consumía unas 6.000 pipas anuales “cuando las relaciones eran buenas, pero se ha reducido a la mitad después  de interrumpidas las relaciones con esta parte del continente –comenta Cook-, como consecuencia del estallido de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783).

No obstante, la calidad había bajado mucho. James Cook precisamente compró vino  para llevar en su viaje mucho más barato que en Madeira, pero bastante peor que el de la isla portuguesa.[i] Cogió un fuerte disgusto  y berrinche. Pero no se atrevió a dar la vuelta y continuó su ruta.

Pero los ingleses se habían adaptados a los gustos de los nuevos vinos que importaban en mayor cantidad: madeira y oporto. Apareció lo que se denominó el falso madeira. Para conseguir caldos de acuerdo a los gustos imperantes en Inglaterra –incluso en América del Norte- los vinos canarios se mezclaban con otros caldos para conseguir  color y gusto del vino madeira portugués para facilitar la entrada en el mercado.  Con esta falsificación también se pretendía adaptar el sabor a los nuevos gustos dominantes.

John Barrow, secretario del embajador George MacCartney, enviado a China por Su Majestad para establecer relaciones comerciales, que visitó Tenerife en 1792, es muy explícito a la hora de exponer la manipulación del vino canario por parte de los comerciantes ingleses para introducirlo en el mercado de Londres.

La cantidad de vino que se produce en la isla varía entre diez y veinte mil pipas al año, la mayor parte se exporta al mercado londinense, con un precio en ori­gen de diez a doce libras la pipa; allí, según dicen, lo convierten en Madeira, aunque en su estado original parece ser, si no del todo, bastante inferior a este. Tanto este como las alteraciones del jerez y otros vinos españoles se debe a que el consumo en Inglaterra del Madeira es muy superior al que se exporta de Tenerife. 

A partir de 1815 comienza el declive definitivo de los viñedos isleños, tras el fin de las guerras napoleónicas y la independencia de las colonia americanas. En las primeras décadas del siglos XIX sobrevivían, según Alfred Diston, inglés que viajó a Tenerife en 1810 y permaneció el resto de su vida en la isla, las variedades de uvas era  vidueños, negromolle, tintillo, pedro jiménez, forastero, gual, baboso y marmajuelo (variedad de una blanca más conocida como bermejuela). Luego, el malvasía, blanco –malvasía verde–, lo describe  Viera y Clavijo, que compite con los mejores caldos secos de Madeira o Jerez– y el púrpura –o sea, dulce, licoroso y acompañado de perfume –con un cierto parentesco con el Málaga–, seguida de otros tipos dulces como los moscateles (blanco y tinto), el moscatelito blanco y en menor medida, el mallar tinto, verdello y vijariego, comenta Diston.

Son los años que se introduce la cochinilla en las islas, 1826, como producto de exportación alternativo al vino. Encontró resistencia de algunos cosecheros y mucha oposición por parte de los que tenían miedo  de que esta nueva y odiosa plaga estropease las tuneras, comenta el astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth en 1856. De hecho, en el siglo XVIII había sido prohibida su introducción.  Sin embargo, a lo largo del siglo XIX al lado de la vid se encontraba el cactus con su cochinilla, disputándole el espacio geográfico insular al que fuera la auténtica joya de la economía canaria: el vino.

Posteriormente las parras isleñas fueron heridas de muerte cuando son atacadas muy violentamente por la enfermedad del oidium en 1852, una enfermedad que afectó a la vid, no sólo en Canarias, sino también a la de toda Europa –Portugal, Francia, Italia, Austria, Rumanía, etc.–, durante los años 1848 y 1858.[2] Más tarde, exactamente el 1878, otras enfermedades, la mildew y la filoxera, atacaron a las vides continentales (causaron grandes daños en Francia), pero no llegaron a afectar a las de Canarias, sino en algunas zonas vinícolas muy localizadas, porque se estuvo a tiempo con tratamiento a base de sulfato de cobre.

Todavía a mediados del siglo XIX, restos de parras de malvasía permanecían en pie, pero  ahora en compañía de la variedad de la uva negra de vidueño o vidonia, muy extendida después del oidium. Ambas compartían el mismo suelo tras la introducción de la cochinilla. Junto a las desoladas parras, también permanecieron en pie, formando una característica del paisaje, las pesadas y viejas presas de madera para la elaboración el vino: los lagares. Atrás también había quedado el puerto de Garachico y Puerto de Orotava como centros comerciales de los afamados vinos de la Isla Baja y del valle de La Orotava, respectivamente.

Según Alfred Samder Brown, un viajero que estuvo por las islas desde 1888 hasta su fallecimiento en 1934, autor de la mejor y más útil guía en inglés que conoció 14 ediciones, hubo un cierto renacimiento del comercio vinícola debido principalmente a la labor de comerciantes ingleses,: las exportaciones, que en 1884 se valoraban en 6.740 libras esterlinas y en 1885 en 4.855 libras esterlinas, han ascendido ya hasta 25.000 libras esterlinas por año –asegura. Pero como afirma el propio Alfred Brown, quedaba mucho por hacer, “y si se ejerciera un control habilidoso sobre los trabajadores durante las fases de la recolección, del prensado y de la fermentación de la cosecha, además de controlar el alcohol que se añade al vino, que  sea uniforme y bueno, es probable que se encontrara un mayor mercado.  En la actualidad –continúa relatando Brown– las uvas agrias se pisan juntas con las dulces, y el mosto así como el vino joven, frecuentemente se guardan en unas condiciones altamente perjudiciales, y como el negocio del comerciante local es tan pequeño,  sólo el año pasado se tiraron en Tenerife, grandes cantidades de la cosecha de 1890, por no existir suficientes toneles para almacenar el vino joven de 1891, el cual se consideraba de superior calidad que el vino de la cosecha anterior.”

Aunque los británicos en el siglo XIX ya se habían acostumbrado al sabor de otros vinos como los de Madeira, Oporto, Jerez o Málaga –consecuencia de la pérdida del mercado con el Reino Unido– era lógico que los viajeros británicos victorianos se interesaran por probar los afamados vinos malvasías isleños. Algo de malvasía se seguía produciendo en Tenerife, pero muy difícil de conseguirlo y sólo al alcance de las clases altas. Por ello, era muy difícil encontrarlo para su consumo.

Henry Vizetelly relata su odisea en su intento por probar un malvasía en Tenerife en 1877. Fue un destacado y reconocido enólogo autodidacta. Entra en contacto con el mundo vitivinícola desde muy temprano, y ya en 1873 era una autoridad en vinos en Inglaterra. Ese año participó en un jurado en la Exhibición de Vinos en Viena. Actuó también en jurados en exhibiciones celebradas en Inglaterra, Francia y Alemania. Viajó por las zonas más ricas en vinos de Europa (Francia, España y Portugal). Escribió el libro Los vinos del mundo (1875), donde ya muestra su buen conocimiento de los vinos, siendo el primero que recoge en su libro el vino “manzanilla de Sanlúcar”, uno de los contadísimos vinos en todo el mundo que no toma su nombre del lugar de origen.

Según él, el vino favorito entonces en la isla era el vidueño, o el “vidonia”, como a veces se le llamaba, elaborado con mezclas de variedades blancas. También nos habla Vizetelly que había una variedad negro de vidueño, muy raro y que se producía en el valle de La Orotava. Otras variedades eran el tintillo y el negromolle, pero no estaban muy extendidas aún. Después, el británico enumera la serie de variedades de uvas que se encontraban en las islas: moscatel (blanco y tinto), la española, el verdello (blanca), pedro jiménez, la forastera (variedad de uva blanca), vijariego (también variedad de uva blanca)  y la gual (variedad blanca muy cosechada en la comarca de Acentejo, El Sauzal y La Victoria) que daba un vino de fuerza alcohólica y aromático, pero que necesitaba mantenerse algunos años en barrica para liberarlo de sus asperezas naturales en aras de lograr un sabor agradable.

Vizetelly se dirigió al comercio de los Hamilton & Co. –establecida en la isla desde 1816, ahora en una hermosa casa construida en los comienzos del siglo XIX, con un patio interior espacioso, rodeado de galerías de madera negra muy pintorescas, cuyos pilares y balaustradas estaban finamente moldeadas y talladas, situada en la calle de la Marina–. Charles Howard Hamilton llevó a Henry Vizetelly a la larga bodega estrecha que estaba a la derecha. Aquí probó una variedad de cosecha de vidueño. Comenzó con unas añadas de 1876 y 1877, las cuales, sin embargo, no habían desarrollado ninguna característica especial. Sin embargo, una muestra de 1874 tenía un buqué extraordinario, y un vino de 1871‑72, destinado para el mercado ruso, había adquirido una riqueza aceitosa y un aroma considerable, afirma el británico. Otro, llamado Taoro, vendimiado hacía cuatro o cinco años, era bastante dulce; pero en el curso de algunos años –le dijeron– desarrollaría un agrio acusado. A un vino de quince años, “que había hecho un viaje a las Indias Occidentales y regresado de nuevo a Tenerife, y a un “London Particular” de 1865, se les habían añadido, como era normal en los vinos de Tenerife, unos 8 galones (30,28 litros) de alcohol por pipa, y eran de un tipo extraordinario y aromático, aunque más claros que los de Madeira de la misma edad”. No tuvo la oportunidad de probar aquí un malvasía

La otra casa británica que visitó fue la Davidson & Co., heredera de la casa comercial Le Brum and Davidson, establecida por Guillermo Davidson Middleton y Elías Le Brum y disuelta en 1859 tras vender la acciones los herederos de la familia Le Brum. Por aquel entonces era responsable Jorge Davidson Akinson, hijo de Guillermo. Su almacén lo formaba una serie de edificios en forma de herradura situado en el distrito norte de Santa Cruz y tenía en las bodegas unas 6.000 pipas, aproximadamente. Aquí no le acompañó a la bodega ningún miembro de la familia, sino un venerable maestro de bodega, que podría tener unos 70 años. Vizetelly empezó por degustar un vino de 1875 que tenía un buen sabor, y otro de 1874, con el mismo aroma y suavidad. Un vino seco de ocho años había adquirido las características de un madeira; otro vendimiado hacía unos doce años era rico y de un tipo extraordinario, mientras que un viejo malvasía de 1859 tenía todo el aroma y el sabor de un fino licor. Por fin, el británico pudo probar un vino malvasía isleño. Después de probarlo comenta que el vino de Tenerife tiene su especial característica, diferenciándose tanto del cherry, por un lado, como del madeira, por otro; “y si no desarrolla ninguna de las más altas cualidades estos reconocidos caldos, es, sin embargo, un vino de cierta pretensión, y bien merece una vuelta a su popularidad perdida” –comenta–

Fue aquí donde tuvo la suerte de probar un vino malvasía. Ya era difícil. Pero no tuvieron tan buena suerte la viajera Olivia Stone, que se quedó con las ganas de degustar el famoso Malmsey, pero mostró su esperanza en que este famoso vino sea bebido una vez más en Inglaterra, como sucedió en los siglos XVI y XVII; o Charles Edwardes, quien encarga un malvasía para cenar en 1887 en el Orotava Grand Hotel en Puerto de la Cruz (el que se conocería como hotel Martiánez) y el camarero mostró su total extrañeza porque no le entendía ni sabía lo que le estaba pidiendo. “Pudiera ser que no entendiera el inglés. ¡No!” –relata Edwardes. Su extrañeza era producto del desconocimiento del vino malvasía, porque le ofreció otro, el cual tuvo el inglés que bebérselo con resignación.

El destacado periodista británico Isaac Latimer, casi al final de su viaje, en 1887, logró probar el mejor malvasía que jamás había degustado en su vida.

Voy a tratar, para terminar, un aspecto sobre los vinos que ocupó páginas a los viajeros ingleses y que probablemente muchos nos hemos preguntado alguna vez, o esta misma noche, en el transcurso de esta conferencia.  ¿qué diferencia había entre un malvasía y el canary sack? o ¿era un vino procedente de la misma uva? o ¿procedían de diferentes parras? Esta cuestión preocupó a muchos viajeros ingleses. En un ejercicio de selección riguroso, voy a exponer los comentarios de algunos, sin que esto suponga que se agotan los textos.

William Dampier, siglo XVII, habla de los dos vinos, el Malvasía y el Canary wine [Canary sack], se cosechaban en el oeste de la isla y a lo largo del siglo XVII sus producciones se coviertieron en los auténticos protagonistas del desarrollo de la economía canaria, pero no dice nada de la diferencia de uno y otro.

Sí aporta algo el naturalista Michel Adanson (1749); el canary wine era un vino fuerte, con un alto contenido de alcohol, que se obtenía de una uva gruesa; era el corriente; sin embargo, el vino malvasía se obtenía de una uva redonda y bastante dulce, por eso era agradable y su dulzor exquisito, muy superior al primero. Sin embargo, poco nos dice al respecto, aunque habla de dos clases de vino.

James Holman, el viajero conocido por su ceguera desde los 25 años, que visitó Tenerife en agosto de 1827, fue el primero que hace un esfuerzo intelectual para intentar dilucidar las diferencias entre el Malmsey y el Canary Sack. Busca el origen de “sack”. Para él, es muy probable que proceda de la contracción de la palabra saccharine y que pudo haber sido adaptada, en consecuencia, al vino hecho de las uvas medias pasas. Es decir, el canary sack era un vino dulce

De la misma opinión fueron Henry Vizetelly y la irlandesa Olivia Stone, que visitó la isla en el invierno de 1883-84. Para ellos, el Canary Sack y el Malmsey eran vinos dulces y procedían de la misma uva, la malvasía, pero se diferenciaban en el momento de su recogida. Vizetelly escribió:

 

Antes de que el oidium hiciera su aparición, la uva malvasía, de la cual se supone que procedía el afamado Canary Sack, fue también enormemente cultivado, pero la enfermedad le asestó el más duro golpe a esta variedad, y ahora se encuentra muy pocos viñedos de esta clase. La uva es al mismo tiempo dulce y áspera al paladar… La tradición en Tenerife asegura que el original Canary Sack fue un vino dulce y no seco, como algunos nos quieren hacer creer, derivando “Sack” de la palabra francesa “Sec”. Cuando las uvas malvasías se  dejan sobre la parra, hasta que llegan a convertirse en pasas, y una pipa de esta vendimia necesita tantas uvas como las que serían necesarias para obtener cinco pipas de un ordinario vino, entonces se conseguía el licor que Howell elogia, y que de hecho era, nada menos, que el delicioso Malmsey (el malvasía).

Parece claro que para Vizetelly, los dos tipos de vinos procedían de la misma uva, la malvasía, pero que, dependiendo del momento de ser cortada, salía uno u otro. De la misma opinión eran los isleños y José de Viera y Clavijo Según él,

“había dos especies de malvasía, cuyas uvas son negras y un sabor dulce, untuoso y amoscatelado. Si se vendimia en este estado, se obtiene de ellos el vino seco, llamado malvasía verde, que siendo generoso y dotado de las buenas cualidades, que se buscan en el comercio, compite con los vinos de Madeira y de Jerez, y puede ser transportado a distantes regiones sin deteriorarse su calidad. Pero la malvasía, que siempre tuvo la mayor fama y celebridad, es la dulce, licorosa y acompañada de perfume. Para comunicarle estas prendas, y darle aquel justo temperamento entre lo suave y lo picante de modo que la dulzura de su azúcar corrija la acrimonia propia de su tártaro, se dejan los racimos en las vides, hasta que empiezan a marchitarse, a pasarse, y cubrirse de moho; de esa manera llega a perder la mayor parte de su flema por la desecación; entonces se puede extraer un mosto viscoso, que fermentando ligeramente, da ese licor delicioso que algunos autores han calificado de néctar”.

Pero no todos comparten esta hipótesis. William Shakespeare (1564-1616) al referirse a los vinos canarios, usa los términos “sack and sugar“, lo que muestra que en el siglo XVI no era lo mismo. Tampoco era lo mismo para la inmensa mayoría de viajeros extranjeros del siglo XVIII, de los cuales hemos señalado a William Dampier y Michel Adanson. En apoyo a esta tesis tenemos al viajero Richard F. Burton. Se opone a Henry Vizetelly y a la tradición de Tenerife, que afirmaban que el original Canary Sack era también un vino dulce y no seco.

Para Burton, que visitó las islas en varias ocasiones, desde 1863 hasta 1880, el Canary Sack era un vino seco, un vino desprovisto de todo dulzor, comparable al “sherry sack” (jerez seco). Para él, “vino seco”, significaba “vino libre de dulzor y sabor a fruta”. Y por otro lado, estaba el otro tipo de vino, llamado malvasía, el Malmsey, dulce. Luego, para Burton eran dos tipos de vinos diferentes. Escribió:

Sobre el Canary Sack y el Malvasía o Malmsey diré: El primero, hecho de una uva grande, era el vin ordinaire (vino ordinario), fuerte y denso; el segundo, estaba hecho de una fruta más pequeña, era dulce y agradable.

De la misma opinión es la ofrecida por el prestigioso diccionario The New Shorter Oxford. Deriva la historia de la palabra sack del francés (vin) sec, y del inglés dry (wine). Hace alusión a un vino blanco que en los tiempos pasados se importaba desde España y Canarias. También indicaba el lugar de origen o exportación. Así se usaba Canary Sack, Malaga Sack, Sherris Sack, etc.[3] ¡Muy en sintonía con lo que afirmó el mayor de los viajeros victorianos y uno de los más grandes exploradores de todos los tiempos: Richard Francis Burton!.

Y ahora yo me pregunto ¿será el Canary Sack el malvasía seco y el Malmsey el malvasía dulce? que hoy volvemos a estar disfrutando.

Probablemente entre el público haya alguien que nos lo pueda aclarar. ¡Quién sabe!. ¿Hay alguien que nos lo pueda aclarar? ¿Procedían el Canary Sack y el Malvasía de la misma uva? o ¿procedían de diferentes uvas?. Muchas gracias por la asistencia y la atención prestada.


[1] Equivalente a 120 galones. (N. del T.)

[2] El nombre del oidium, se debe a la memoria de su descubridor, el jardinero inglés Oidium Fucker, en 1845.

[3] Brown, Lesley. The New Shorter Oxford English Dictionary. 2 vols. Clarendon Press. Oxford, Oxford University Press. New York, 1993. Vol  II, Pág., 2662.