El Borrador N º, 32 DIARIO DE AVISOS

El naturalista y etnólogo Aurel Krause nació el 30 de diciembre de 1848 en Konopath, entonces perteneciente a Prusia, pero hoy a Polonia. Aurel solía viajar con su hermano Arthur, lo que nos hace suponer que visitó Tenerife con él.

A las 10 de la mañana de un día del mes de abril de 1893 llegó a la rada de Santa Cruz el vapor con Aurel Krause donde tuvo que esperar la normal visita de las autoridades sanitarias. Los grandes barcos debían permanecer fondeados en el exterior del dique, en la abierta rada, porque el dique de atraque aún estaba inacabado. Los pasajeros y el cargamento se transportaban por medio de botes o lanchas hasta la orilla. Pero, mientras permanecía fondeado fuera, muchos lancheros realizaban un pequeño comercio acercándose al barco para ofrecer artículos locales, desde pájaros canarios hasta artículos de cestería. Al principio pedían precios muy altos, pero al final se rebajaban a la mitad e incluso menos.

Debido a las sospechas de cólera por parte de las autoridades sanitarias la tripulación, incluso los pasajeros que se dirigían a Argentina, no pudieron tomar tierra. Krause y un segundo pasajero que querían tomar tierra tuvieron que someterse a tres días de cuarentena en el lazareto, que se encontraba en un estado lamentable, reconoce Krause. Según el viajero, ni el creciente auge turístico de los últimos años había podido conseguir mejora alguna. Comenta que el propietario del hotel había sacado provecho de las inapropiadas condiciones de la forma más grotesca: “(…) mientras esperábamos malhumorados la llegada del doctor, aparece el director del hotel internacional inglés, que nos ofrece cama, silla y mesa, alimentos y otras necesidades. Con asombro escuchamos que en la estación de cuarentena [lazareto] no dispone de nada, todo debe ser proporcionado desde la ciudad, que se encuentra alejada a casi ½ hora, naturalmente mediante una alta compensación.”

Luego, se pudo convencer al doctor, que hablaba francés, de que el vapor no había hecho escala en ningún puerto que estuviera bajo sospecha de brote de cólera y después la reglamentación de la desinfección de los equipajes ambos pasajeros pudieron abandonar el lazareto.

En Santa Cruz, Krause se alojó en una habitación en el ya mencionado “International Hotel” inglés, que casi exclusivamente, estaba habitado por huéspedes ingleses, y todo estaba organizado al estilo británico.

En las clases altas de la población urbana, Krause observó una cierta predilección por la vestimenta de color negra, contra esto estaba la mantilla española, el pañuelo negro para la cabeza de las mujeres, que eran poco vistas. La indumentaria de los campesinos, que traían sus productos hasta la ciudad, era catalogada por Krause como sencilla y práctica: “las mantas” o capas para hombres, y pañuelos para la cabeza en las mujeres, respectivamente.

Entonces Santa Cruz ya contaba con una plaza de toros, construida en 1893; y la mayoría de las casas eran de una planta, paredes blancas y puertas y ventanas de verde. Poseían una base cuadrada y en medio, el llamado “patio”, transformado en un pequeño jardincito. Abundaban las azoteas y las de persianas de madera.

El barrio pesquero estaba formado por casas sencillas construidas en cuevas; estaban dotadas de puertas y ventanas con cerraduras, así como un suelo de tablas. Krause mostró las ventajas de tales viviendas ya que estaban libres de impuestos.

Tras la corta estancia en Santa Cruz, Krause se dirigió al Puerto de la Orotava (hoy Puerto de la Cruz), donde tenía la intención de permanecer más tiempo. Entonces el trayecto se realizaba con caballo o con coche y se tardaba entre cinco o seis horas. El alquiler de un caballo costaba alrededor de unos 10,50 marcos, y un coche de caballos a 15 marcos; un asiento en el ómnibus de tracción animal, la guagua propiamente dicha, costaba aproximadamente 4 marcos. Realizaba el trayecto dos veces al día y servía también como diligencia. Ya estaba en proyecto la construcción del ferrocarril dado el creciente tráfico entre Santa Cruz y la costa norte de la isla.

Krause tomó un carruaje de caballos al Puerto de Cruz. La Laguna era una parada obligatoris para cambiar de caballos. Luego continuaba por Tegueste hacia Tacoronte. Le llamó la atención los campos de cereales, verduras y huertas de frutas, salpicado todo el paisaje con palmeras. La parada de Tacoronte le permitía a los viajeros visitar el Museo Casilda, el bosque de Agua García, aproximadamente a ¾ horas.

Krause experimentó una cierta decepción ante el paisaje del valle, alegando que había perdido mucha de su antigua belleza, una, por ubicar erróneamente el lugar donde creyó que Humboldt contempló el valle, otra, por la tala de árboles por la creciente demanda energética, y por último la construcción del “nuevo hotel inglés [el Taoro] en lo alto del Puerto de la Cruz, con su fuerte y algo desagradable arquitectura, que impacta al fondo del escenario. …Divisamos numerosas columnas de humo en las escarpadas paredes rocosas que rodean el valle que procedían de las carboneras de carbón para la obtención de carbón vegetal.”

Le llamó la atención la estampa pintoresca en el valle del ordeñamiento de las cabras por las calles para abastecer las casas de leche. Las cabras las ordeñaban los “cabreros” delante de las casas muy temprano por la mañana, o como más tardar al mediodía, pero señala que en el Puerto de Cruz había sido prohibido “para que los extranjeros no fueran molestados en su reposo nocturno por el sonido de las campanillas de las cabras a su paso por las calles”.

En el Puerto de la Cruz, Krause se hosperdó en la fonda española la Marina ubicada en el muelle de Santa Bárbara de la familia de Luis González de Chaves y Fernández Montañés, alcalde de la ciudad en varias ocaciones y después se trasladó por el resto de su estancia a la fonda suiza en la calle de Zamora nº 7 establecida por el matrimonio suizo Herman y Susanna Honegger, que luego continuaría siendo explotada como hotel por Rudolph Egger, antiguo subdirector del Orotava Grand hotel, y dueño a su vez del Columba hotel en Tarbert, condado de Lochfyre (North Britain) y del Bown Virane hotel en Strathneffen, condado de Rosshire (Escocia). Habla de las pensiones privadas dirigidas por extranjeros y los muchos hoteles que había en la ciudad, sobre todos dirigidos por ingleses. Para Krause la presencia de extranjeros, bien como huéspedes o residentes permanentes, imprimía su sello a las condiciones de vida y costumbres de la población isleña.

Tuvo duras palabras por el estado social de la isla, sobre todo por la escolarización, dado que la educación de los niños estaba fuertemente descuidada. Según el viajero, el censo de 1887 arrojaba una población de 291.589 almas, de los cuales 233.528 o el 80,08% no podía ni leer ni escribir, 12.948 o el 4,45% sólo podía leer y solamente el 45.103 o el 15,47% podía tanto leer como escribir.

Über die ökonomische Bedeutung und den gegenwärtigen Zustand der Kanarischen Inseln (“Sobre el significado económico y el estado presente de las Islas Canarias”) y Tenerife, Reiseskizzen aus dem Jahre 1893 (“Tenerife, boletos de viaje del año 1893”), son una auténticas joyas por la gran información sobre la realidad social, cultural y económica de Tenerife de finales de siglo.

El viaje del etnólogo británico Henry Vizetelly en 1877

En los primeros años del estrepitoso fracaso de la cochinilla y cuando en la Inglaterra victoriana ya no se conocían los caldos isleños como antaño, visitó Tenerife Henry Vizetelly. De antepasados italianos emigrados a Inglaterra, Henry Vizetelly nació en Londres en 1820, y a lo largo de su vida fue grabador, impresor y editor. Desde joven destacó como un buen impresor de grabados en madera que tuvieron mucho prestigio en el Londres victoriano. Entre 1850 y 1854 se dedica a la publicación de libros ilustrados de estilo victoriano, destacando Christmas with the Poets, sin duda considerado el más fino. En 1855 funda un periódico, “The Illustrated Times”, donde colaboraba destacadas firmas y algunos artitas de renombre como Hablot Browne, Birket Foster y Gustavo Doré. El periódico lo vendió a los tres años, 1858, por 4.000 ₤. No le fue bien en su aventura como independiente y regresó para trabajar en su antiguo periódico, ahora como empleado, hasta que el rival, “The Illustrated London New” lo contrata y envía a París en 1865 como corresponsal por un salario de 800 ₤al año. Durante los años que permaneció en París publica varios libros. En 1872 es enviado a Berlín también como corresponsal donde escribió el libro Berlín bajo el Nuevo Imperio, publicado en 1879.

De regreso a Londres funda la firma Vizetelly & Co, y traduce al inglés a autores rusos (Nicolái Gógol, Fiador Dostoiesky, León Tolstói, entre otros) y a franceses, Gustave Flaubert, Alphinse Daudet,Charles Victor Cherbuliez y otros escritores como Émil Zola, del que era un devoto admirador. Tradujo Nana (1884), La Taberna (1885), Germinal, pero precisamente la traducción y publicación en 1888 de La Tierra le trajo serios problemas. La Asociación de Vigilancia Nacional, grupo que velaba por la moralidad social, denunció a Henry Vizetelly y hubo un gran debate en la Cámara de los Comunes. La Asociación de Vigilancia Nacional argumentaba que aunque el Acta de Educación de Foster de 1870 garantizaba una educación básica para todos en Inglaterra, no se podía permitir descripciones de contenido sexual en novelas como La Tierra en las clases más bajas. Las traducciones de Zola fueron consideradas deplorables y de literatura desmoralizante. En 1888 Vizetelly fue condenado a pagar la suma de 100 ₤ por publicar “libelos obscenos”, especialmente en Nana, Pot­bouille y La Tierra. Al continuar vendiendo traducciones de Zola fue denunciado de nuevo al siguiente año. En esta ocasión le condenaron a tres meses en la prisión de Holloway. El caso de Vizetelly provocó una profunda división en la sociedad victoriana entre los lectores de masas y la élite como consecuencia de los patrones educativos que había establecido el Acta de Educación de 1870: la erradicación del analfabetismo, la comprensión de la revolución industrial y la educación en los valores democráticos. Zola no fue prohibido en Francia, pero sí en Inglaterra, sin embargo a pesar de ello, Henry Vizetelly se encontró con Zola cuando visitó el novelista francés Londres en 1893 y cinco años después, en 1898, cuando su destierro en Londres tras la publicación de Yo acuso.

Pero además de impresor, traductor editor fue también considerado un enólogo autodidacta de los más reconocidos en Inglaterra. Entra en contacto con el mundo vitivinícola desde muy temprano, y ya en 1873 es una autoridad en vinos. Ese año participa en un jurado en de Exhibición de Vinos en Viena. Actuó también en jurados en exhibiciones celebradas en su propio país, París y en Berlín. Viajó por la zonas más ricas en vinos de Europa, Francia, España y Portugal. Primero editó el libro Los vinos del mundo (1875) y a continuación una serie monografías como Facts about Sherry (1876), producto de su viaje por tierras andaluzas , Facts about Champagne (1879) y Facts about Port and Madeira, donde relata su viaje a Tenerife, publicado en 1880.

El Pall Mall Gazette encargó a Henry Vizetelly que realizara un viaje a Madeira para que elaborara un reportaje sobre los vinos de la isla portuguesa. Pero cuando se encontraba en Madeira, Vizetelly pensó en trasladarse a Tenerife para probar los vinos que comúnmente se bebían en la era isabelina, el Canary Sack, que tanto amaba Sir John Falstaff, frecuentemente citado por Shakespearel,

o el Malmsey, “que tan dramático final le trajo a la carrera del desafortunado duque de Clarence”. Entonces, con el movimiento marítimo transatlántico era fácil coger un vapor desde Madeira a Tenerife, en la medida en que eran muelles de escala. Apenas se tardaba 24 horas. Acompañado por su hijo Ernest Alfred, el experto enólogo se acercó a la isla en el otoño de 1877. Sus impresiones del viaje fueron publicados en columnas por el Pall Mall Gazette, luego fue recopilado y editado como libro en 1880 con el título Facts about port and Madeira, with notices of wines vinateged around Lisboan and the wines of Tenerife.

Como era usual en los viajeros cuando visitaban los lugares lo primero que hacían era ir a ver al representante de su nación, en esta caso visitó a su cónsul, Charles Saunders Dundas. Eran ellos los que les daban toda la información de interés sobre el lugar. Estamos seguros que Vizetelly le preguntaría qué bodegas había en la ciudad donde pudiera probar algunos vinos característicos de la isla y el cónsul le informó que se dirigiera a los señores de las dos firmas comerciales inglesas más importantes en Tenerife: Hamilton & Co. y Davidson & Co. Serían los miembros de estas familias británicas las que les facilitarían a Vizetelly la información necesaria sobre los caldos isleños y donde tuvo el placer de degustar algunos vinos.

En el comercio de los Hamilton & Co., establecida en la isla desde 1816 en una hermosa casa construida en los comienzos del siglo XIX situada en la calle de la Marina, Charles Howard Hamilton llevó a Vizetelly a la larga bodega estrecha que estaba a la derecha. Aquí probó una variedad de cosecha de vidonia. Pero la mala suerte de que no pudo degustar un malvasía cosa que si lo logró en la otra casa británica, la Davidson & Co, comprendía una serie de edificios en forma de herradura situado en el distrito norte de Santa Cruz, tenía en las bodegas 6.000 pipas fácilmente almacenado. Probó un viejo malvasía de 1859, según sus palabras, “de un tipo extraordinario, además tenía todo el aroma y el sabor de un fino licor”. “El vino de Tenerife tiene su especial característica, diferenciándose tanto del cherry, por un lado, como del madeira, por otro; y si no desarrolla ninguna de las más altas cualidades de estos bien conocidos caldos, es sin embargo un vino de cierta pretensión, y bien merece una vuelta a su popularidad perdida”, fueron sus palabras.

Por fin tuvo la suerte de probar un malvasía. Ya era difícil, pues pero no gozaron de tan buena suerte la viajera Olivia Stone en 1884 que se quedó con las ganas de degustar el famoso Malmsey, pero mostró su esperanza en que este famoso vino sea bebido una vez más en Inglaterra, como sucedió en los siglos XVI y XVII, o Charles Edwardes cuando en el Orotava Grand Hotel en Puerto Orotava en 1887 encarga un malvasía para cenar y el camarero mostró su total extrañeza porque no le entendía. Pudiera ser que no entendiera el inglés. No. Su extrañeza era producto del desconocimiento del vino malvasía, porque le ofreció otro, el cual tuvo que bebérselo con resignación.

Ernest Alfred Vizetelly, el hijo de Henry que le acompañó a Tenerife en 1877, dijo que las sentencias condenatorias dañaron seriamente la salud de su padre, que murió en 1894. La desaparición de Henry Vizetelly supuso la pérdida de una de las mayores personalidades de la cultura progresista del londres victoriano.

Nicolás González Lemus