La Prensa, EL DÍA

La misma semana que rememorábamos en la librería El Viajante (La Orotava) la visita de Alexander von Humboldt a Tenerife en junio de 1799 y mediatizados aún por la inclusión al Parque Nacional del Teide en la lista de bienes naturales de Patrimonio de la Humanidad, el viernes 29 de junio presentamos el ex parlamentario europeo Isidoro Sánchez, el ex alcalde de Puerto de la Cruz, Salvador García y yo el libro de Manuel Mora Laurido Churchill entre Cuba y Canarias, editado por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas de G.C. Fue todo un acontecer compartir mesa con mis compañeros y el autor alrededor de un viajero tan especial, Winston Churchill, el mayor de los estadistas de la Europa occidental del siglo XX, cuya intervención marcó definitivamente la política europea. Por muy pocas horas o días que haya estado en las islas, los canarios nos sentimos orgullosos por haber tenido la visita de tan distinguido visitante.

A las 10,30 del sábado 21 de febrero de 1959, Winston Churchill, acompañado de su esposa lady Clementine y su nieta Diana Sandys, con otros invitados, tomó pie en suelo tinerfeño. Llegó a bordo de la antigua corbeta de guerra Christina, propiedad de Aristóteles Onassis, quien venía con su esposa Tina Livanos, su hermana Artemio y su cuñado Theodore Garofalides; el ex embajador de Panamá en Londres, Roberto Arias y su esposa, Margot Fontein, la famosa bailarina; Edmund Murray, guardaespaldas e inspector de Scotland Yard; el funcionario de la Foreign Office, Anthony Montague Browne y su esposa Lady Evelyn, y el enfermero Arthur Shepard. A las 2,30 de la tarde, los distinguidos pasajeros hicieron una visita al Puerto de la Cruz en un Fiat 500, matricula TO 25, transportado en el Christina, conducido por su propio dueño, Onassis. Hicieron varias paradas para contemplar el paisaje y la última fue en Santa Úrsula. En el Puerto, el alcalde de la ciudad, Isidoro Luz Campenter, los recibió. Había encargado una mesa en las terrazas de la Piscina de San Telmo. La aparición de Churchill fue acogida por grandes aplausos pos sus compatriotas. Churchill estaba inaccesible al público, fuertemente custodiado por el inspector Edmond Murray. Llevaba 4 años sin hacer declaraciones, y los mismos periodistas pretendían que hiciese una excepción a la regla para cubrir la noticia, pero el esfuerzo fue en vano. En aquel entonces Churchill tomaba 6 whiskies en el curso del día y fumaba puros cubanos fabricados especialmente para él de la casa “J. Cuesta” de la Habana. Algunas damas se bañaron en las piscinas. Después de dar un paseo, abandonaron el Puerto de La Cruz. Su intención era también volar en la avioneta particular de Onassis que se había traído a bordo del Christina para ver el Teide, pero no lo hicieron.

El 22 de febrero de 1959 llegó sir Winston Churchill al Puerto de la Luz. Los ilustres visitantes subieron a unos lujosos automóviles e iniciaron una excursión por la ciudad y el interior de la isla. Visitaron la Caldera de Bandama. Por la tarde se dio un cóctel en el yate fondeado frente a la playa de las Alcaravaneras. Asistió a este cóctel el presidente del Real Club Náutico de Gran Canaria, Jesús Benjumea Medina y esposa, y los consignatarios señores Staib. Un grupo de niños del Colegio Inglés ofrecieron canciones inglesas y canarias.

El 24 de febrero fondeó en el puerto de Santa Cruz de La Palma, al resguardo del risco de la Concepción. Con un taxi por la carretera general del sur recorrieron Las Breñas, Villa de Mazo y se detuvieron en Fuencaliente. Churchill no se bajó del coche, pero sus acompañantes sí lo hicieron y dieron un paseo bordeando el cráter del volcán de San Antonio.

La estancia de Churchill en las islas y en Cuba está espléndidamente relatada por Manuel Mora Laurido en su libro Churchill entre Cuba y Canarias y las visitas al Puerto de la Cruz por mi amigo Melecio Hernández Pérez en un artículo publicado en este mismo suplemento de La Prensa del día 11 de febrero de 2007 y La Palma por Juan Carlos Díaz Lorenzo en Diario de Avisos, 10-10­2006.

Mora Laurido se ha sumergido en una ingente documentación inédita para elaborar Churchill entre Cuba y Canarias. Analiza tres vértices de una misma cuestión de la vida del político británico: las guerras mundiales, Cuba y Canarias. Obviamente la II Guerra Mundial constituye una parte fundamental del libro y del interés por su relación con Canarias. Las islas se van a ver inmersa en ella a pesar de la neutralidad decretada por España tras el fin de la Guerra Civil española. Canarias y Azores eran objetivos de primer orden y en segundo lugar las islas de Cabo Verde y Madeira. En definitiva, los archipiélagos hispano-portugueses. Precisamente fue en este período crucial de la historia de Europa cuando el Winston Churchill maduro entra en contacto con Canarias por primera vez, aunque desde la lejanía. Esta parte concreta me ha llamado la atención, pues son los preludios de la relación de la España de Franco y la Gran Bretaña de Churchill. Me gustaron mucho los capítulos que el autor dedica a la relación de Churchill con Franco, que comenzaron con la operación Pilgrim.

Pero el libro me hizo reflexionar sobre el singular mundo del viaje en la España de la posguerra. Churchill decidió visitar las islas Canarias muy familiares a su persona y al pueblo británico dada la larga historia comercial y viajera que existía entre los dos archipiélagos: el británico y el canario. Pero Churchill no era un viajero cualquiera, no era un viajero normal, era, sobre todo, un político de prestigio al cual Franco le debía mucho. Fue su valedor político. De lo contrario su visita al territorio nacional estaría vetado, como lo estuvo a muchos políticos demócratas europeos. ¿Hubiese podido visitar Churchill el territorio nacional, Canarias, si se hubiese opuesto a Franco una vez acabada la guerra? Seguro que no. Por eso, Franco tenía sobradas razones para permitir que su protector, Winston Churchill, visitara la España de entonces cuando quisiera.

Coincido con Manuel Mora Laurido, en que acostumbrado a como era Churchill a evocar acontecimientos históricos, seguro que la visita a Canarias rememoraría sus planes de ocupación de Gran Canaria durante la II Guerra Mundial, fundamentalmente cuando tomaba tierra en el Puerto de la Luz en febrero de 1959. El interés prestado por el autor a su protagonismo le sirve de hilo conductor a muchos de sus capítulos.

.En 1939 Franco decretó la neutralidad de España en la II Guerra Mundial, pero de la neutralidad pasó a la no beligerancia tras los triunfos bélicos del Eje.

En plena Guerra Civil de España, las islas vivía una total adhesión al bando de Franco, sobre todo después de la represión y liquidación física de muchos demócratas tras el alzamiento el 18 de julio de 1936. Las banderas nazis, junto con la nueva establecida por el bando nacional, ondeaban en muchas azoteas de las casas canarias. Había autobuses que llevaban la cruz gamada impresa en sus puertas. Altos jefes del partido nazi paseaban por las ciudades portuarias e incluso estaban como residentes en ellas. Nuestros puertos eran frecuentados por muchos barcos, cruceros y submarinos alemanes durante la Guerra Civil y después. Precisamente la Fundación Puertos de Las Palmas ha publicado Submarinos y buques de las potencias del Eje. La II Guerra Mundial en Canarias, escrito por Manuel González y Jesús Martínez y MMVII Santa Úrsula en el marco de la IIª Guerra Mundial de los hermanos León Álvarez llenos de detalles sobre la presencia naval alemana.

Ante la situación, y en vista de los intereses de la Alemania nazi en España desde 1939, Churchill da instrucciones para hacer un seguimiento de las islas españolas en el Atlántico y pone en marcha la operación Pilgrim, donde Gran Canaria con el Puerto de la Luz y el aeropuerto de Gando eran objetivos de ocupación de vital importancia. Los jefes militares británicos no dudaron en planificar la ocupación de la isla de Gran Canaria y el resto del archipiélago para impedir que las potencias del Eje bloquearan la navegación en el Mediterráneo y en la África Atlántica.

Por su parte, los alemanes preparaban paralelamente su operación Félix en el otoño de 1940 para atacar el Peñón de Gibraltar y ocupar Canarias y Marruecos, pasando indudablemente por la Península Ibérica.

Ante la marcha favorable de la guerra para Hitler, Franco abandonó en junio de 1940 su posición de neutralidad por una de “no beligerancia” con la que no ocultaba sus simpatías por el Eje. En ese marco se iniciaron las negociaciones de Hendaya en las que España pidió a Alemania ayuda material y militar y el reconocimiento de diversas demandas territoriales en el Marruecos francés. Hitler, poco interesado en las cuestiones mediterráneas, no estaba dispuesto a pagar un precio tan alto por la entrada de España en el conflicto. Miraba al Este. Respecto a Canarias, Hitler indicó que podían ser tomadas por los Estados Unidos e influir en la guerra submarina, por lo que Alemania enviaría baterías de costa y los técnicos necesarios para montarlas y enseñar su manejo. Franco le daba largas a Hitler.

Pero Hitler insistía y en noviembre de 1940 afirmó “que hay que poner antiaéreos en los aeródromos de Canarias y hay que llevar allí los stukas, es la única manera de alejar definitivamente las islas de las escuadras enemigas”. De este modo se interceptaría las líneas de comunicación marítima de Gran Bretaña.

Con este acercamiento de Franco a la Alemania nazi, la noche del 1 al 2 de julio de 1941 los británicos tenían previsto el ataque al Puerto de la Luz, al aeropuerto de Gando en Gran Canaria y al resto de todas las islas.

La operación Pilgrim, bastante delicada, se justificaba si fallaba las vías diplomáticas, por lo que la fecha de inicio se fue aplazando repetidas veces en función de que España se convirtiera en aliado de Alemania o de que los mismos alemanes invadiesen Canarias.

Pero estas operaciones fueron suspendidas en agosto de 1943 ante el cambio diplomático que dio España. Mora Laurido analiza con todo detalle los acontecimientos basándose en nuevas fuentes y utilizando el excelente trabajo de Víctor Morales Lezcano Canarias en la II Guerra Mundial.

La salida diplomática dependió en gran medida de la actitud británica, con Churchill a la cabeza, con el régimen de Franco. Los conservadores ingles habían aceptado la victoria de Franco en la Guerra Civil. Mientras España permaneciera al margen de la guerra, el gabinete de Churchill ayudaría a estabilizar el régimen franquista. Samuel Hoare, embajador de Gran Bretaña en mayo de 1940, repetía a los funcionarios españoles que Londres no se entrometería en la política interna de España. En Londres, el Foreign Office presionaba a la prensa británica para que no lanzara críticas abiertas al gobierno de la España nacional, incluso emplazó a Juan Negrín, el último presidente del Gobierno de la República Española, que llevaba exiliado en Londres desde junio de 1939, para que se marchara a Estados Unidos.

La política practicada por los alemanes en España tuvo su efecto bumerang. El líder de las SS, Heinrich Himmler, visitó España en octubre de 1940 y apoyaba a la Falange, de marcada ideología fascista, que tenía su propia milicia, y a uno de sus miembros, José Finat, conde de Mayalde, situado al frente de la Dirección General de Seguridad. Los monárquicos españoles estaban alarmados por el creciente peso de la Falange, y si a ello le unimos el inevitable empeoramiento de la situación económica, el malestar en las ciudades se podía hacer explosiva. Si Franco se habría aliado a Alemania habría tenido más dificultades para reemplazar al impopular líder falangista Serrano Suñer como ministro de Asuntos Exteriores por el monárquico conde Francisco Gómez de Jordana en septiembre de 1942, como muestra de su acercamiento al bloque monárquico.

La política británica consistió en atraerse a los sectores monárquicos y apoyar económicamente a los generales cercanos a Franco para alejarlo de la Alemania nazi y la Falange. En 1942 el mismo embajador Samuel Hoare informaba que el desencanto con la Falange y especialmente con su líder Serrano Suñer, había desembocado en un sentimiento, bastante extendido, favorable a la restauración de la monarquía en la persona del pretendiente don Juan de Barbón. Don Juan se había convertido en el depositario del sentimiento monárquico en febrero de 1941, tras la muerte de su padre, el exiliado rey Alfonso XIII. Los británicos, que habían reducido al mínimo sus contactos con los monárquicos españoles, en octubre de 1942 Hoare le dijo a José María Gil Robles, el líder conservador y monárquico español exiliado en Portugal, que los monárquicos deberían declarar una España libre en Marruecos o Canarias en caso de que se produjera la invasión alemana. Londres habría sido menos cauto si Franco hubiera entrado en guerra. Estando las cosas como estaban, lo que hizo fue hacer llegar millones de dólares en efectivo a oficiales españoles próximos a Franco para animarles a promover la neutralidad de España. Y lo consiguieron. España no entró en guerra.

Por eso, el bloqueo británico concebido para privar a Alemania de material estratégico incluyó a España, dado que ésta tenía tráfico comercial con los alemanes, pero Londres y Washington, ésta última gracias a la insistencia de Churchill, estaban dispuestas a suministrar ayuda racionada a España, especialmente en artículos de primera necesidad, como grano y combustible. La idea era prevenir la desnutrición generalizada, pero sin permitir que los españoles hicieran acopio de suministros que pudieran después hacer llegar a las potencias del Eje. Londres llegó a acuerdos crediticios con Madrid a partir de marzo de 1940, para permitir al gobierno español comprar lo que necesitara, especialmente durante las desastrosas cosechas del otoño-invierno de aquel año. El gobierno de Franco solicitó a Estados Unidos un préstamo en septiembre de 1940 por valor de 100 millones de dólares. Todo ello en los mismos días en que Madrid se hallaba inmerso en intensas negociaciones con Berlín para entrar en guerra.

Pero si importante es el primer acercamiento de Winston Churchill a Canarias en la II Guerra Mundial, es igualmente interesante la posguerra, período que nos acerca más al futuro histórico de las relaciones entre España y Gran Bretaña.

A pesar de su evidente preferencia por congratularse con el coloso norteamericano, Franco no había abandonado sus esperanzas de aproximarse a la Gran Bretaña de Churchill para garantizar la estabilidad y supervivencia de su régimen tras la derrota del Eje y en la inmediata posguerra. El 18 de octubre de 1944 Franco remitió una carta personal y confidencial al primer ministro británico que sería entregada por el duque de Alba al Foreign Office pocas semanas después. En ella expresaba su deseo de “clarificar” las relaciones hispano-británicas de una manera “sincera, franca y directa” en atención a “la grave situación europea” y en vista de la “atmósfera de desconfianza y hostilidad hacia España existente en Gran Bretaña”. El principal motivo de la gravedad de la situación continental residía, a juicio de Franco, en la creciente “hegemonía” de la Rusia comunista en el Este, que se completaba con el “insidioso poder del bolchevismo” manifiesto también en el Oeste, particularmente en Italia y Francia. Franco terminaba su oferta “al hombre sobre cuyos hombros recae la mayor responsabilidad por el futuro de Europa” con una clara advertencia contra cualquier propósito de modificación del régimen español: “Para concluir, debo decir que hay españoles exiliados que especulan y basan su conducta en la esperanza de cambios internos en España, que es una posibilidad tan quimérica y problemática que ni siquiera merece la pena considerarla”. La propuesta de Franco consistía en la constitución de una especie de pacto europeo occidental para hacer frente al peligro soviético y comunista.

Ello forzó a los gobernantes británicos a examinar detalladamente y en profundidad el perfil y futuro de su política hacia España. Era un examen largamente aplazado y que se hacía más imperioso ante la expectativa de la inminente victoria en Europa.

El primer paso en esa revisión política fue dado por iniciativa del líder laborista y viceprimer ministro del Gobierno de coalición, Clement Attlee. El 4 de noviembre de 1944 Attlee hizo circular entre sus colegas del Gabinete de Guerra un memorándum sobre Política hacia España en el que dejaba constancia de su oposición radical al franquismo y reflejaba la amargura del laborismo por el fracaso de su apoyo a la República durante la Guerra Civil. Afirmaba que “Franco es el único exponente del fascismo”, tenía “poco apoyo fuera de la Falange” y únicamente sobrevivía por “ausencia de una alternativa generalmente aceptada” y la intensidad de la represión contra sus adversarios, las gentes de paz y los demócratas del mundo. Para tal fin proponía “que endureciéramos nuestra actitud” hacia Franco para dejar claro que “su desaparición sería bienvenida por las Naciones Unidas y reportaría ventajas evidentes para el pueblo español”. Y que para lograr “su caída” se aplicaran “todos los métodos disponibles” y, “especialmente en el campo económico”, se trabajara en conjunto con EE UU y Francia a fin de “denegar facilidades al presente régimen”.

La propuesta de Attlee de “endurecimiento” de la política británica hacia España tuvo el casi inmediato y relativo respaldo del secretario del Foreign Office, Anthony Eden, exponente del ala más liberal del Partido Conservador. De hecho, Eden atendió las sugerencias del líder laborista y elaboró un proyecto de telegrama a la Embajada británica en Washington para lograr el concurso norteamericano en la nueva política española.

Antes de que el Gabinete de Guerra pudiera considerar la propuesta de Attlee, el primer ministro intervino de forma enérgica para censurar reservadamente a Eden por su proyecto de telegrama y la consecuente modificación de la política española en vigor, y el 10 de noviembre de 1944 Winston Churchill redactó una severa carta personal para su secretario del Foreign Office en la que le recordaba las tres premisas de la actitud británica hacia España que no podían ni debían alterarse. En primer lugar, subrayaba que incumplía el principio de no-intervención en los asuntos internos de un país “con el que no hemos estado en guerra y que nos ha hecho más bien que mal en la guerra”. En segundo orden, implicaba una intervención “sobre bases ideológicas” más que discutibles y comparativamente injustificadas: “No estoy más de acuerdo con el gobierno interno de Rusia de lo que lo estoy con el de España, pero estoy seguro de que preferiría vivir en España más que en Rusia“. Y, en tercer lugar, suponía grandes riesgos de fracaso tanto si Franco desestimaba la advertencia como si la atendía, porque “en España el trasfondo era una guerra civil” y “no debe suponer que nuestras advertencias debilitarán la posición de Franco”: “Él y quienes le apoyan nunca consentirán ser masacrados por los republicanos, que es lo que sucedería”, y “nosotros seríamos responsables de otro baño de sangre”.

Según el memorándum del conservador lord Selborne, en apoyo a los argumentos esgrimidos por Churchill, la propuesta de Attlee era “de lamentar” porque estaba motivada por razones y preferencias ideológicas muy discutibles, porque la supuesta “incompetencia, corrupción y opresión” del régimen franquista no era menor “que la del régimen que desplazó” y “las atrocidades de Franco eran menores y menos horribles que aquéllas de los que le precedieron”. En fin, el Gobierno republicano encarnaba todos los vicios inherentes al comunismo ruso. Además, los sectores que más sufrirían serían los comerciantes británicos y el pueblo español.

La discusión sobre el apoyo o no a la dictadura franquista provocó una ardua controversia en Gran Bretaña saliendo triunfante las tesis conservadoras. Según sostiene el historiador y profesor inglés de las universidades de Oxford y Pavía, Richard Wigg, que acaba de publicar en España su libro Churchill y Franco, el estadista británico Winston Churchill fue un gran líder para Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, pero “no fue amigo de España” en ese período por no haberse opuesto al general Franco. Para Wigg, la tolerancia de Churchill hacia Franco en el período 1940-1942 es “justificable por la marcha de la Guerra Mundial”, pero entre 1943 y 1945 no es explicable, puesto que “el primer ministro británico desoyó los consejos de su Ministerio de Exteriores, de los jefes de las Fuerzas Armadas y frustró además una colaboración con Estados Unidos de Roosevelt para presionar al régimen de Franco.

En una entrevista que mantuvieron Hoare y Franco, el embajador echó en cara al español la represión del régimen franquista, que veía como “un obstáculo para la entrada de España en la Sociedad de Naciones”; sin embargo, en una carta posterior de Churchill a Franco, “en ningún momento el estadista británico apoyó la posición de Hoare”, ha subrayado Wigg.

Argumenta Wigg que “la monárquica Gran Bretaña no se decidió por la opción de don Juan de Borbón porque en su actuación durante la Segunda Guerra Mundial no dejó claro si se presentaba como alternativa o si estaba dispuesto a llegar al trono de la mano de Franco”.

El historiador Wigg asegura que “nunca Churchill mostró arrepentimiento por haber apoyado a Franco, e incluso después de abandonar el gobierno, criticó desde la oposición a los gobiernos laboristas cuando criticaban al régimen franquista”.

Así pues, como hemos podido constatar, repito, Franco tenía sobradas razones para permitir que su avalador político, Winston Churchill, visitara España como viajero o turista cuantas veces quisiera, en unos momentos en que viajar a la España de la posguerra no era fácil.

Sobre esta particular relación de Franco con Churchill, aparte del libro que presentamos de Manuel Mora Ladrido, los ya reseñados y el del profesor Richard Wigg Churchill y Franco (editorial Debate), han salido publicado otros dos libros de sumo interés: Franco frente a Churchill (Península) del ex profesor de la Universidad de Londres y actualmente profesor de Historia contemporánea de la Universidad de Extremadura, Enrique Moradiellos y La Historia de España que no pudo ser (Ediciones B), obra colectiva de profesores de las universidades de Ohio y Guachita (EE.UU.), Queen’s University de Belfast, Autónoma de Barcelona, bajo la dirección de Joan Marie Thomas, profesor de la Universidad de Rovira.

Felicidades a Manuel Mora Laurido por este espléndido libro que a través de sus páginas reconstruye de una manera minuciosa y documentada la vida de sir Winston Churchill, su estancia en nuestra hermana isla de Cuba y en Canarias. Repito, por muy pocas horas o días que haya estado en las islas, los canarios nos sentimos orgullosos por haber tenido la visita de tan distinguido turista. La estancia en Canarias de un viajero tan especial como es Winston Churchill no es una visita cualquiera. Su viaje fue recogido por la prensa y radio mundial. Creó mucha expectación aquí y reunió a periodistas y fotógrafos de todo el mundo.