Alexander von Humboldt joven

En 2019 se celebra el 220 aniversario de la Estancia del barón Alexander von Humboldt (1769-1859) en Canarias. Por su parte, en Berlín se está celebrando los 250 años del nacimiento del prusiano que fuera decano de la geografía botánica y la vulcanología científica. Fue seguramente el naturalista más importante que visitó Canarias. Su holgada situación financiera, tras heredar una fortuna en 1796, le permitió satisfacer su curiosidad intelectual y su pasión por los viajes. Precisamente dos años después pudo emprender su viaje de exploración a América con el botánico francés Aimé Bonpland. Regresó a Europa en 1804, aunque aún tardaría unos  veinte años en redactar los datos recogidos en su expedición americana y en sus otros viajes. Los intereses científicos de Humboldt no se limitaron a una sola materia sino que se dirigió fundamentalmente a los campos de la geología, la geografía física, la oceanografía, la meteorología, la botánica y también la antropología —aspecto que se suele omitir—, pues él se preocupó como ilustrado por el hombre y su relación con la naturaleza, siendo de esa manera el padre de la ecología, aunque nunca utilizó el término porque no se conocía entonces. Pero por encima de todo, su objetivo era ampliar el dominio de la naturaleza. Estudió las corrientes del Pacífico; introdujo el empleo de las isobaras e isotermas en la confección de los mapas climáticos; realizó el estudio de la geografía de la tierra; fue el primero en estudiar la caída de la temperatura media con el aumento de la altitud; descubrió que el campo magnético terrestre decrece desde los polos al ecuador; investigó los volcanes, demostrando que su aparición dependía de la formación de las fallas en el terreno, y muchas otras aportaciones. No obstante, la geografía botánica y la naturaleza vulcanológica son esenciales en el cuadro natural cósmico de la tierra en Humboldt. Al iniciar Humboldt su labor, la geografía no era tenida todavía como una ciencia, tal como hoy la entendemos. La geografía se convirtió en una ciencia autónoma solo cuando Humboldt completa su viaje por América. Desde muy temprana edad, Humboldt mostró un gran interés en la historia natural, tanto que en su casa le apodaron “el pequeño boticario”. Flores, mariposas, escarabajos, conchas y piedras eran sus juguetes, y se dedicaba a deambular solo por los bosques y dunas de Tegel en su búsqueda, ordenando y clasificando las colecciones en la habitación que compartía con su hermano, Wilhem.

¿Cómo se gestó ese espíritu científico en Alexander von Humboldt?

La vida del joven Humboldt estuvo marcada por dos hechos históricos que destinarían  las coordenadas de su vida: la Europa napoleónica y la amistad con Goethe, veinte años mayor. El primer mentor encargado de la educación de los niños fue Kunth y posteriormente, hasta llegar a la Universidad, Alexander y su hermano Wilhelm, dos años mayor, recibieron educación en su casa por encargos de sus padres de Christiam Wilhelm Dohm,  Consejero del Servicio Diplomático, y Johann Jacob Engel, profesor del Gimnasio Joachimstham. Alexander von Humboldt se sintió muy atraído por las lecciones de Dohm sobre economía política, geografía política y geografía física, ilustradas con instituciones como la Compañía de Indias Orientales, encargadas de observaciones climáticas y otros aspectos del clima del interés para el hombre. Dohm defendía opiniones muy liberales, que influyeron en la mentalidad reformista del joven Alexander. Ambos profesores pertenecían al círculo de Moses Meldelssohn, cabeza de la llamada “Ilustración berlinesa”, centro encabezado por algunas familias judías muy cultas, además de adineradas. A  este ambiente de cultura judía ingresaron los hermanos Humboldt antes de iniciar los estudios superiores por medio de sus padres y especialmente por medio de su mentor Kunth, pero sobre todo por su maestro Dohm. Nunca ha vuelto a ejercer un grupo judío una tarea tan peculiar en la sociedad  alemana como entonces en Berlín entre los fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. En este ambiente se encontraba Goethe.

Su hermano Wilhelm se trasladó directamente a la Universidad de Gotinga para estudiar leyes, pero Alexander pasó el año siguiente en casa, estudiando procesos de manufacturación y griego antiguo con profesores particulares, y posteriormente se trasladó a Berlín. Allí conoció a Karl Ludwig Willdenow, un importante botánico que influiría en su vida, pues a través de él se despertó su interés por la vegetación. Alexander nunca había oído hablar de botánica hasta los dieciocho años, pero Willdenow acostumbraba a clasificar plantas en su compañía y desde entonces el tema se convirtió en una pasión para Humboldt. Con Willdenow adquirió la auténtica formación de la geografía botánica

En la primavera del siguiente año, 1789, Alexander se reunió con su hermano en la Universidad de Gotinga y conoció al explorador, naturalista, geógrafo, lingüista y destacado escritor George Forster, que a los  dieciocho, fue invitado junto con su padre a acompañar, como dibujante de historia natural, al capitán James Cook en su segundo viaje alrededor del mundo (1772-1775). En la primavera de 1790 los dos realizaron un viaje a Inglaterra para buscar un editor a la geografía de los mares del Sur de Foster, dada la ausencia de uno en Prusia. Fue el primer viaje que realizaba  Humboldt, y contar con la compañía de Forster fue lo más enriquecedor. Pero en Gotinga también conoció al zoólogo Johann Friedrich Blumenbach, fundador de la antropología moderna, poseedor de una magnífica biblioteca y había fundado la Colección Etnográfica y Museo Académico de Gotinga. Estaba en estrecho contacto con la African Association fundada en Londres n 1788. Además era muy amigo de Goethe.

Durante los meses de la primavera del año 1794 Alexander frecuenta la casa de Friedrich von Schiller, en Jena, donde se había formado un pequeño círculo con su hermano Wilhelm, el propio Schiller, y el mismo Wolfgang von Goethe, con quien entabla una estrecha amistad desde el momento que lo conoció. En aquellas reuniones celebradas en la casa del poeta alemán se discutía sobre literatura, filosofía, poesía, arte y, sobre todo, de la naturaleza, tema central en las sociedades científicas. Goethe  sin duda la figura literaria más grande de Alemania, dirigió su mirada hacia el carácter científico y experimental de la naturaleza. Para Goethe, la ciencia significaba observación de los fenómenos naturales y consideraba la experimentación como el instrumento más seguro de análisis. El joven Alexander von Humboldt, de 28 años, de edad,  quedó totalmente impresionado por la forma de pensamiento de Goethe. Los puntos de vista sobre la naturaleza de ambos eran muy parecidos. Los dos entendían la naturaleza como un cosmos, pero Humboldt carecía todavía de herramientas orientadoras. Humboldt, que era un hombre con ganas de aprender todo lo que le ayudara a realizar su empresa con éxito, asume el concepto dinámico de la morfología de la naturaleza de Goethe como un principio metodológico que le permitía describir la totalidad de los fenómenos. Según Goethe, se podía imaginar plantas nuevas, que si no existen, podían sin embargo existir a partir de un mismo modelo originario. Es precisamente esta concepción goethiana de la morfología la que posteriormente empleó Humboldt en sus estudios experimentales sobre la geografía botánica. Sin embargo, la ciencia de Goethe se sitúa a un nivel teórico, mientras Humboldt lo sitúa en el plano de la observación empírica. Humboldt  es un gran deudor de los sabios conocimientos de uno de los mayores pensadores alemanes de todos los tiempos: Johann Wolfgang von Goethe.

Todas estas amistades personales y sus estrechas vinculaciones con los círculos intelectuales de entonces despertaron en Humboldt las ansias de realizar largos viajes.

¿Qué le permitió realizar un largo viaje de investigación?

Sin embargo, uno de los ramos más distinguidos de los estudios en Prusia era la ciencia de la mineralogía por la aplicación a la industrialización del país. Alexander von Humboldt pudo inscribirse en el Instituto Superior de la Academia de Minas de Freiberg, que junto con la Universidad de Gotinga, fue el que más lo estimuló en sus años de estudio. Aquí Humboldt participó en el círculo internacional alrededor de su profesor Abraham Gottob Werner, hombre de ciencia que ejerció un influjo enorme en el mundo espiritual en toda Europa, y sobre Humboldt en particular. A él pertenecían también quienes serían sus amigos más cercanos, el profesor Johann Friedrich Freiesleben y Leopold von Buch. Hacia fines del siglo XVIII, la Academia era el centro europeo más importante para la ciencia de la minería. Marcha como Superintendente de Minas de Franconia, a los Ducados de Ansbach y Bayreuth, que por entonces pertenecían a Prusia, y dos años después llegó a ser Primer Consejero de Minas, categoría máxima después del Ministro del ramo. Un buen trabajo. Humboldt sufría al tener que lidiar entre la profesión en la minería y su vocación de viajero investigador de la naturaleza.

Pero, tras el fallecimiento de su madre en 1796, parte de la herencia que recibió era cuantiosa para aquel entonces y se retira de la administración de minas prusiana, a la cual había servido cinco años. Desde que había comenzado a pensar en el mundo de las exploraciones y con los medios suficientes para su independencia económica, Humboldt se impuso a su existencia una tarea: emprender un viaje de investigación de gran estilo y de significado universal. Nunca bahía ocultado que su única ambición era convertirse en explorador, sentimiento no muy prusiano, ya que el pueblo alemán no era tan viajero y aventurero como lo habían sido el inglés o francés. Precisamente Humboldt inaugura un nuevo espíritu en el pueblo germano, el de viajero, que se desarrollará en el siglo XIX, y que se consolidará en las últimas décadas del siglo con el liderazgo económico e industrial de Alemania.

Aimé Bonpland, 1799

En abril de 1798 Alexander von Humboldt decidió abandonar su país para encontrarse con su hermano, Wilhelm, en París. En aquellos momentos se estaba planeando en la capital francesa un viaje alrededor del mundo. Debía de estar dirigido por Louis-Antonie de Bougainville. Humboldt fue invitado a tomar parte. Sentía una gran admiración por el gran explorador francés y la idea de viajar con él le fascinaba. Pero Bougainville tenía 70 años y como el viaje duraría unos cinco, el veterano almirante fue sustituido por Thomas Nicolas Baudin. Sin embargo, la expedición de Baudin fracasó como consecuencia de los efectos de las guerras napoleónicas. Humboldt vio frustrado sus deseos de viajar a las Indias Occidentales. Pero en París conoció a Aimé Goujaud Bonpland, un médico y botánico francés cuatro años más joven que él. Comienza una amistad leal entre los dos naturalistas, al tiempo en que en la capital francesa conoció al cónsul de Suecia, quien le invita a ir a Argelia desde Marsella. Los deseos de viajar de Humboldt eran tan grandes que sin pensarlo dos veces, le propone a Bonpland que le acompañara en el viaje que pretendía hacer con el cónsul de Suecia. Humboldt soñaba con recorrer la cordillera del Atlas marroquí. Bonpland aceptó y se dirigieron a Marsella para tomar el barco allí. Pero el buque sueco nunca regresó para recogerlos y el viaje a África se vería frustrado. Pudo haber hecho un viaje a Túnez  después de varios meses, pero llegaron las noticias de la persecución que los musulmanes sometían a los europeos provenientes de los puertos franceses y desistió de la idea. Una vez más, sus viajes a tierras exóticas se vieron frustrados.  Ninguno de los dos deseaba volver a París. Querían permanecer cerca del mar, pues las posibilidades de embarcar eran mayores. Deciden ir a España.

¿Por qué decidió visitar Tenerife antes de alcanzar el Nuevo Mundo, objetivo de su viaje?

Desde Marsella Humboldt y Bonpland se trasladaron a Barcelona y a continuación a Valencia, pero en lugar de continuar hacia el sur (Cádiz), se dirigen a Madrid, donde la alcanzaron en febrero de 1799. No podían estar allí en mejor momento. Llegan a Madrid en una época en la que la monarquía empieza a presentar síntomas evidentes de apertura de América a los exploraciones científicas lideradas por extranjeros,  además existía una cierta relación entre naturalistas españoles y alemanes heredera de los buenos contactos en años anteriores. En la capital del reino, Humboldt conoce al barón Forell, estrechamente relacionado con el grupo de naturalistas del Real Gabinete de Historia Natural, quien le presentó al secretario de Estado, Mariano Luis de Urquijo. Este logró una audiencia de Humboldt con el Rey. El naturalista alemán presentó una memoria de su proyecto a la América española y obtuvo dos pasaportes, para él y para Bonpland, uno del primer secretario de Estado, y otro del Consejo de Indias. “Nunca había sido concedido a un viajero un permiso tan alto; nunca un extranjero había sido honrado con tal muestra de confianza por parte del gobierno español” —comentó Humboldt.

Alexander von Humboldt, 1799

Dejaron Madrid a mediados del mes de mayo para la Coruña, donde debían de embarcarse para  Cuba. El puerto estaba bloqueado por un bajel y dos fragatas ingleses. Estos barcos estaban destinados a interrumpir la comunicación entre la metrópolis y las colonias de América. El primer secretario de Estado les había recomendado al brigadier Rafael Clavijo y Socas, sobrino de José Clavijo y Fajardo, que desde hacía poco era el encargado de la dirección general de los correos marítimos y de los barcos postales a las colonias. Rafael Clavijo trató exquisitamente a Humboldt y Bonpland durante la permanencia en el puerto, y les aconsejó que embarcaran en la corbeta Piza­rro, destinada al correo de La Habana y México. Tuvieron que esperar diez días más para el embarque. Humboldt le pidió que al alcanzar las Canarias el barco se detuviera en Tenerife algunos días para visitar el Puerto de Orotava y ascender a la cima del pico del Teyde, la única razón por la que deseaba visitar las islas. Por fin el 5 de junio de 1799 partieron rumbo a América. 13 días tardó la Pizarro desde la Coruña a las Islas Canarias. Llega a la pequeña isla deshabitada de La Graciosa, creyendo que era Lanzarote. La Pizarro continúa rumbo entre las islas y Humboldt y Bonpland llegan a Santa Cruz de Tenerife el 19 de junio. El gobernador general de las Canarias, Andrés de Perlasca, dio orden al capitán de la corbeta de hacer llevar a tierra los pliegos de la Corte para los gobernadores de las colonias, el dinero embarcado y la correspondencia particular. Después de una larga espera, el gobernador les dio permiso para bajar a tierra. Gracias a las recomendaciones de la corte de Madrid, los dos viajeros son recibidos de la manera más amable, como en el resto de las posesiones coloniales españolas. José Perlasca les concede permiso para recorrer la isla y los naturalistas pernoctaron en la casa del coronel madrileño y segundo Jefe del Batallón de Infantería de Canarias, José Tomás de Armiaga y Navarro. El capitán de la Pizarro se le había dado permiso para permanecer  bastante tiempo en Tenerife a efecto de que Humboldt y Bonpland pudiesen subir al Teide, pero se les advirtió que no contaban con un plazo superior de cuatro o cinco días a causa del bloqueo de los navíos ingleses.

Desesperadamente Humboldt y Bonpland se trasladan a Puerto de Orotava (hoy Puerto de la Cruz) para desde allí emprender la excursión al Teide. Para Humboldt el viaje a la cumbre del volcán no es solamente interesante a causa del gran número de fenómenos que concurren a sus investigacio­nes científicas, sino que lo es mucho más aún por las bellezas pintorescas que ofrece a los que sienten vivamente la majestad de la naturaleza. También estaba el sublime espectáculo de “la sombra del Teide”, el espectro de su sombra en forma de triangulo perfecto sobre el horizonte oeste, encima de La Gomera, proyectado antes del alba con la salida del sol.

El Teide. J.A. Pérez Giralda

El Teide es el primer volcán activo que visita Humboldt de una serie de volcanes americanos y europeos que ayudarían a despejar uno de los dilemas más controvertidos entre los vulcanólogos de aquellos años: ¿cuál era el origen de las piedras basálticas? Los geólogos estaban divididos en dos grupos: los neptunistas, que atribuían su configuración exclusivamente al papel del  agua, defendida por el maestro de Humboldt, Abraham G. Werner, y como tal el joven Humboldt también era defensor; y los plutonistas que atribuían su configuración exclusivamente al papel del fuego, defendida por el geólogo escocés James Hutton, en contradicción con la doctrina de la Iglesia. Pero la excursión al volcán de Eifel (Alemania) le hizo dudar de la autoridad de su maestro. La ascensión al Teide acentuó la duda  y después de la visita a los volcanes latinoamericanos (Cotopaxi,  Tungurahua,  Popocatépetl y Chimborazo, entre otros) confirma lo que venía cuestionando: los conos de los grandes volcanes se forman a partir de material magmático de las profundidades de la Tierra arrojados por el cráter. Lavas calientes y fluidas escapan desde el cráter. Como buen científico abandona definitivamente las erróneas tesis neptunistas, ratificando las bases científicas de la moderna interpretación de la evolución geológica a lo largo del planeta establecidas por James Hutton en 1785. Tarea que continuarían destacados vulcanólogos como von Buch, Scrope, Lyell, de Beaumont, Recupero, Fouqué, Sainte-Claire Dedillo, Sartorius y muchos  otros. Se dio paso a una nueva ciencia: la vulcanología.

Las especies botánicas de las Islas.

Mientras ascendía a los volcanes, Humboldt se percató que la distribución de las diversas especies botánicas variaba según su altitud. Es el primero que hace una ordenación de las plantas, clasificándolas según los diferentes pisos vegetales en función de la topografía del terreno, los microclimas, las diferencias de temperatura y niveles de altitud. Pone así las bases de la geografía de las plantas o la geografía botánica. Por su importancia exponemos el texto de Humboldt:

«La primera zona, la de las viñas, se extiende desde la ribera del mar hasta doscientas o trescientas toesas (entre 381 m. y 584 m.) de altura, es la más habitada y la única cuyo suelo está cultivado con esmero. En estas regiones bajas, en el Puerto de Orotava y allí donde los vientos tienen libre acceso, el termómetro  se mantiene en invierno durante los meses de enero y febrero al medio­día entre los 5 y 17 grados centígrados, las temperaturas más fuertes del verano no exceden de 25 o 26 grados y son por consiguiente en 5 o 6 grados menos que los extremos marcados anualmente por el termómetro en París, Berlín y Petersburgo. Pero a pesar del gran parecido que se observa entre los climas de Madeira y Tenerife, las plantas de la primera de estas islas son generalmente menos delicadas para cultivar en Europa que las plantas de Tenerife. La región de las viñas ofrece entre sus especies vegetales ocho espe­cies de euforbias arborescentes, mesembryanthemun que se hallan multipli­cados desde el cabo de Buena Esperanza hasta el Peloponeso, la Cacalia kleinnia el drago y otras plantas que por sus troncos desnudos y tortuosos, por sus hojas suculentas y su coloración verde azulada, presentan los rasgos distintivos de la vegetación de África. En esta zona es donde se cultiva la da­tilera, el bananero, la caña de azúcar, la higuera de la India, el Arum coloca­sia, cuya raíz provee al pueblo llano de una fécula alimenticia, el olivo, los ár­boles frutales de Europa, la viña y los cereales. Se cosecha el trigo desde fines de marzo hasta principios de mayo, y se ha ensayado con éxito el cultivo del árbol del pan de Tahití, la del canelo de las islas Molucas, la del cafeto de Arabia y el cacao de América. En varios puntos de la costa el país contiene todo el aspecto del paisaje de los trópicos y se reconoce que la región de las palmeras se extiende más allá de los límites de la zona tropical. El chamae­rops y la datilera están muy bien en las llanuras fértiles de Murviedro, en las costas de Génova y en Provenza cerca de Antibes, bajo los 39 y 44 grados de latitud, algunos pies de esta última especie plantados en el recinto de la ciu­dad de Roma resisten fríos de 2,5ºC por debajo del punto de congelación. Pero si la Europa del sur no disfruta sino débilmente de los dones que la naturaleza ha distribuido en la zona de las palmeras. La  isla de Teneri­fe, situada en el paralelo de Egipto, Persia meridional y Florida, está ador­nada ya con la mayoría de las formas vegetales que realzan la majestad de los luga­res en las regiones inmediatas al ecuador.

Revisando las diferentes tribus de plantas indígenas, se siente no encon­trar allí árboles de pequeñas hojas pinadas y gramíneas arborescentes. Ningu­na especie de la numerosa familia de las mimosas ha extendido sus migracio­nes hasta el archipiélago de las Islas Canarias, aunque en ambos conti­nentes se han descubierto hasta los 38 y 40 grados de latitud. En América la Schranckja uncjnata de Willdenow (Mimosa horridula, Michaux) avanza hasta las selvas de Virginia; en África la Acacia gemmifera vegeta en las coli­nas, desde Mogador hasta Asia. Al oeste del mar Caspio, Bi­berstein ha visto las llanuras del Chyrvan cubiertas de la Acacia stephaniana. Exami­nando con mayor cuidado los vegetales de las islas de Lanzarote y Fuerteventura, que son las más próximas a las costas de Marruecos, se halla­rán quizá algunas mimosas entre tantas otras plantas de la flora africana.

Distribución de la vegetación de Tenerife según Humboldt. Dibujo de Nicolás González Lemus

La segunda zona, la de los laureles, comprende la parte arbolada de Te­nerife, es también la región de las fuentes que brotan en medio de una hierba siempre fresca y húmeda. Selvas majestuosas coronan los oteros arrimados al volcán, se reconocen  cuatro especies de laureles, una encina familia del Quercus turnen de las montañas del Tíbet, la Visnea mocanera, la Myri­ca faya de las Azores, un olivo indígena Olea excelsa, que es el árbol más alto de esta zona, dos especies de sideroxylon, cuyo follaje es de rara belleza, el Arbutus callycarpa, y otros árboles siempre verdes de la familia de los mir­tos. Tapizan los troncos de los laureles campanillas y una hiedra muy diferen­te a la de Europa Hedera cananiensis  y a su pie prosperan una innumerable cantidad de helechos, de los que solo tres especies, dos Acrostichum y el Ophyoglossum usitanicum, descienden hasta la región de las viñas. El suelo por todas partes está cubierto de musgos y de una hierba fina que brilla con las flores de la campánula áurea del Chrysanthemum pinnatifidum, de la Mentha ca­naniensis y de varias especies de Hypericum (H. canariense, H. Flonibundum y  H. glandusolum). Las plantaciones de castaños silvestre e injer­tado forman un ancho cinturón alrededor de la región de las fuentes  la más verde y agradable de todas las zonas de vegetación.

La tercera zona comienza a 900 toesas (1.751 m.) de altura, allí donde apa­recen los últimos grupos de madroños, de Myrica faya, y de ese hermoso brezo que designan los indígenas con el nombre de tejo. Esta zona de 400 toesas (778 m.) de ancho, está totalmente ocupada por una inmensa selva de pinos con los que se entremezcla el Juniperus cedro de Broussonet. Estos pinos tienen las hojas muy largas, bastante tiesas y unidas a veces de dos en dos, la mayoría de las veces de tres en tres en una vaina. Sin haber tenido ocasión de examinar los frutos, ignoramos si esta especie que tiene el porte del pino de Escocia, es efectivamente diferente de las dieciocho especies de pino que conocemos ya en el viejo continente. Un botánico célebre y que por sus viajes ha prestado grandes servicios a la geografía botánica de Europa, De Candolle, piensa que el pino de Tenerife es tan distinto del Pinus atlantica de los montes cercanos de Mogador. Como del pino de Alepo, que pertenece a la cuenca del Mediterráneo y parece que no franquea las columnas de Hércu­les. Hemos hallado en la cuesta del Teide los últimos pinos a una altura de 1.200 to­esas (2.335 m.) sobre el nivel del mar. En las cordilleras de Nueva España, bajo la zona ecuatorial, los pinos mexicanos se elevan hasta 2.000 toesas. A causa de la analogía en cuanto a la organización que existe entre las diferentes especies de un mismo género de plantas, cada  una de ellas exige para su desarrollo cierto grado de temperatura y de composición del aire ambiente. Si en los cli­mas templados y dondequiera que cae nieve, el calor constante del suelo es un poco mayor que el calor medio de la atmósfera, es probable que a la altu­ra de El Portillo las raíces de los pinos saquen su alimento de un terreno en el que a cierta profundidad se eleva la temperatura a unos escasos 9 o 10 grados.

La cuarta zona y la quinta, regiones de la retama y las gramíneas, ocu­pan las alturas que igualan a las de las cimas más inaccesibles de los Pirineos. Es la parte desierta de la isla, donde las acumulaciones de piedra pómez, de obsidia­nas y de lavas fracturadas ponen trabas a la vegetación. Arriba ya hablamos de esos apiñamientos floridos de retamas (Spartium nubigenum) que forman un oasis en medio de un vasto mar de cenizas. Dos plantas herbáceas, la Scrophulania glabrata y la Viola cheiranthifolia, avanzan más lejos hasta el malpaís. Sobre un césped tostado por el ardor de un sol africano, la Cladonia paschalis cubre áridos terrenos y los pastores hacen fuego que se propaga a distancias considerables. Hacia la cumbre del Teide las urceolarias y otros vegetales de la familia de los líquenes trabajan en la descomposición de las escorias. De esa manera, por una interrumpida acción de las fuerzas orgánicas, se extiende el imperio de flora sobre las islas creadas por los volcanes».

De nuevo en Santa Cruz, la tarde del 25 de junio de 1799 zarpó la Pizarro para tierras hispanoamericanas, con gran pena de Humboldt.  En julio llega al puerto de Cumaná en Venezuela, donde su enfermedad desapareció totalmente por el resto de su vida. Había sido muy enfermizo durante su niñez y juventud.

Humboldt regresó de su viaje americano en 1804. Lo narró en lengua francesa con el título Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (Relato Personal del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente), publicación con la que acabó de dilapidar toda la fortuna.

La contribución de Alexander von Humboldt al conocimiento de la naturaleza supuso un impacto decisivo en el desarrollo de la ciencia y la cultura en el mundo, incluso en su país natal, Prusia, a la que vio como una isla de atraso. Pero a partir de él, Alemania empezó a destacar en la ciencia. Como afirma Leoncio López-Ocón Cabrera, la actividad científica de Humboldt se hace especialmente consistente y adquiere una autoridad cada vez mayor en círculos científicos gracias a su innegable capacidad y talento para despejar potentes y heterogéneas fuentes de comunicación.

Nicolás González Lemus
Presidente fundacional de la
Asociación Cultural Humboldt (ACH)