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SOCIEDAD CANARIA Y ESCLAVITUD AMERICANA EN LA OBRA DE ALEXANDER VON HUMBOLDT

por

NICOLÁS GONZÁLEZ LEMUS*

ANUARIO DE ESTUDIOS ATLÁNTICOS. Nº 57. AÑO 2011. LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

 

RESUMEN

Si bien Humboldt describe los Pisos de Vegetación que encontró en el valle de La Orotava, dando origen a su teoría de la geobotánica; hizo observaciones del estrato volcánico del complejo Pico Viejo-Teide, aunque no de la erupción de Chahorra, llamada Narices del Teide, en el año 1798, dando origen al abandono su concepto neptuniano del globo terrestre para abrazar la tesis platinista, midió los aires del Teide y describió la violeta del Teide, que descubrió 75 años atrás el naturalista francés Louis Feuillé (1724); aspectos todos bien tratados por los estudiosos de la obra humboldtiana, no menos importante fueron las referencias sociales y etnográficos, pero lamentablemente olvidadas a la hora de acercarse a la visita de Humboldt a las Canarias, y que, sin embargo, forman parte importante de su legado analítico.

Palabras clave: aborigen,  guanche, esclavitud, esclavo, aristocracia, emigración, campesino, viaje.

 

ABSTRACT

Although Humboldt describes his observations of the various strata of vegetation he  found in the Valley of Oratava, which led to his theories of geobotany: he comments on the volcanic layers in the pico viejo teide area though not those of the eruption of Chahorra, called the Nostrils of Teide in 1798; this led to the abandonment of the neptune concept of the earth and gave way to the pluto thesis. He also studied the atmosphere of the Teide and described the Teide violet which the naturalist Louis Feuillé discovered in 1724. All these themes are well studied in the works about Humboldt. However no less important were the references to the social and human details, sadly Humboldt did not record these at the time of his visit to Tenerife, although in other regions they are an important part of his analitical analysis.

Key words: native, guanche, slavery, slave, aristocracy, emigration, peasant, voyage.

1. ANTECEDENTES DEL VIAJE DE HUMBOLDT A TENERIFE

El siglo XVIII es la era de las grandes ex­ploraciones, en la que se van a llevar a cabo la mayoría de los viajes para ver y describir el mundo, su naturaleza, intentar penetrar en los espacios en blanco de África, Asia central, pero sobre todo la América Hispana.

Desde finales del siglo XVI tras el descubrimiento de nuevas tierras por los europeos se comenzó a vivir la primera globalización de la economía a través del intercambio comercial y se acentuó el interés por el conocimiento de los recursos naturales y culturales de los nuevos puntos geográficos para favorecer el desarrollo económico. Entonces la botánica despertaba bastante interés. La recolección de plantas fue una actividad que se impuso en los hombres de ciencia. Los médicos y naturalistas encargaron a los comerciantes la tarea de recolectar cuantas plantas pudieran y traerlas a casa. Precisamente el célebre médico, naturalista y una de las autoridades científicas más destacadas del Barroco inglés,  Hans Sloane, sucesor de Isaac Newton como presidente de la Royal Society de Londres,  va a interesarse por la vegetación de las islas. En 1687 Sloane se embarcó para Jamaica como médico del duque de Albermale. Durante su travesía se dedicó al estudio de la naturaleza animal y vegetal de Madeira, las Barbados y Jamaica, recogiendo numerosas nuestras, muchas de ellas desconocidas hasta entonces. Reunió una magnífica colección de historia natural (400.000 ejemplares) entre antigüedades, monedas, 3.500 manuscritos y 50.000 libros, y fue adquirida por el Gobierno británico por £20.000. Sloane no pasó por Canarias, pero se interesó mucho por su vegetación. Por tal razón, para dotarse de nuestras especies vegetales, se dirigió a Thomas Simmons, un viajero y comerciante que solía visitar las islas por los preciados vinos, le pidió que le hiciese llegar plantas y semillas del archipiélago. En 1694 Simmons realizó uno de sus habituales viajes a Canarias y aprovechó su estancia para recoger muestras de nuestras especies vegetales y se las envió A Sloane. La documentación consistía en una relación de la vegetación insular, así como una relación detallada de semillas de frutas, verduras y hortalizas que se producían en Canarias. De la lista de árboles y semillas se encontraban el castaño, el pimiento, el cardón, la baya -probablemente moras-, salvia, la sandía, el poleo, etcétera.[1]

El interés puesto por Hans Sloane en la botánica y todos los componentes de la naturaleza terrestre no hace sino confirmar la importancia que tenía entonces las riquezas naturales de los territorios de ultramar. Se precisaba pues realizar esfuerzos para conocerlas, en la medida en que  los conocimientos de las materias primas de las áreas geográficas ayudarían al objetivo económico del desarrollo imperial. La localización y el control de nuevos espacios geográficos se habían convertido en una cuestión de suma importancia para algunos estados europeos, ya que el dominio de los elementos naturales marcan el ritmo del progreso.

Pero a lo largo del siglo XVIII en Europa se produce un gran desarrollo del pensamiento económico, intelectual y científico, y el viaje adquiere razón de Estado. Ahora no son los comerciantes los encargados de recolectar, sino los propios naturalistas los que acompañan a los exploradores y navegantes en sus travesías para hacerse con los ejemplares de la naturaleza. Tampoco eran consecuencias de iniciativas particulares, por ejemplo como la de Hans Sloane,  sino expediciones patrocinadas por los propios Estados. En el siglo XVIII las Coronas europeas mostraron una firme voluntad de orientar sus esfuerzos por la exploración geográfica, no sólo por razones científicas sino también por razones comerciales y políticas, incluso de prestigio. Franceses e ingleses fueron los protagonistas de la carrera marítima en el siglo XVIII. En Francia y en Inglaterra los viajes científicos organizados expresamente para el estudio de la naturaleza se habían convertido en un desafío intelectual e industrial.

Es en este contexto en que debe situarse la visita a Tenerife de la mayoría de los expedicionarios extranjeros que se dirigían a Oriente, África o el Pacífico, favorecido además por la situación geográfica de la isla.  Durante sus rutas aprovechaban para hacer aguada, repostar, comerciar, herborizar o subir al Teide, principal ilusión de la mayoría de los naturalistas dieciochescos.  Por ejemplo, la expedición francesa al océano Pacífico de las fragatas la Boussole y la Astrolabe, comandadas por J.F. de Galaup, conde de La Pérouse, y  P.A. Fleuriot de Langle, respectivamente, alcanzó el puerto de Santa Cruz en agosto de 1785 y permaneció unos días para que algunos de sus miembros subieran al Teide, como el meteorólogo Robert Paul de Lamanon, que midió la altura del Teide con su barómetro, el ingeniero Paul Mérault Monneron, el botánico La Martinière, que además herborizó, entre otros. [2]Las mismas razones traería a la isla en agosto de 1791 al contra almirante A.R.T. de Bruni, caballero de Entrecasteaux, durante su búsqueda del conde La Pèrouse –la Boussole y la Astrolabe desaparecieron por las alrededores de las islas de la Amistad entre marzo y abril de 1788, pereciendo todos sus ocupantes– con el objeto de que algunos de sus miembros realizaran una expedición al Teide, entre ellos los naturalistas Louis Ventenat y J.J. Houtou de La Billardière.[3]

Entre los viajeros ingleses se encuentra la expedición de la First Fleet (13 de mayo de 1787) del capitán Arthur Phillip, encargada de transportar setecientos cincuenta presos a Australia para formar una colonia penal en Botany Bay, como remedio al alarmante aumento del número de reclusos en Inglaterra, y, como beneficio secundario, ver la posibilidad de obtener mástiles y madera para las embarcaciones de las flotas inglesas de la India.[4] Algunos de sus miembros hicieron una excursión hasta las Cañadas por ser imposible encontrar un guía que se atreviera a ascender al Teide en esa época del año. En los diarios de los oficiales (Arthur Phillip, Watkin Tench, John White, entre otros) y algunos convictos (George Barrington) de la travesía de la First Fleet dejaron las huellas del Teide impresas, incluso Australia emitió en 1987 con motivo del “200 Aniversario” tres sellos con una panorámica de Santa Cruz en 1787 coronado por el Teide.

Otra expedición es la realizada por el doctor irlandés George Staunton y su contemporáneo John Barrow, acompañantes de George McCartney en su viaje a Pekín en 1792 para hacerse cargo de la embajada de Su Majestad en China. Staunton compara Canarias, particularmente Tenerife, con Madeira, el centro médico-turístico de moda entonces, no dudando declararse a favor de la isla canaria,  mientras Barrow intentó subir al Teide, pero las inclemencias del tiempo le impidieron llagar a la cima.[5]

Pero sin duda el viajero que visitó las islas (Tenerife) y eclipsaría al resto de los navegantes dieciochescos fue el capitán James Cook durante su tercer viaje (1776-1780) a bordo del Revolutión, travesía que al final perdería la vida, siendo el capitán James King (1750-1784) el que se encargaría de redactarlo desde el 17 de enero de 1779 en adelante[6]. Sin embargo, en su segunda expedición (1772-1775) a borde del Resolution –cuando confirmó definitivamente la existencia de un gran continente habitable en el hemisferio sur– James Cook estuvo acompañado por los astrónomos William Wales y William Bayly, el dibujante William Hodges y el naturalista y científico prusiano establecido en Londres desde 1766, Johann Reinhold Forster, acompañado por su hijo Georg, el mayor de los siete hermanos. Cuando en 1772 Johann Reinhold Foster recibió la petición del Almirantazgo para acompañar al capitán Cook en su segunda expedición alrededor del mundo como naturalista –tenía la misión de elaborar el informe científico del viaje y publicarlo a su regreso– consiguió llevar a su hijo Georg, entonces con 17 años de edad, como dibujante. Georg Forster, tiene la oportunidad  de estudiar los animales, las plantas, los agentes geográficos e indígenas de los mares del sur. Forster publicó en 1777 una descripción del viaje, A Voyage round the World in His Britannic Majesty’s Sloop Resolution, Commanded by Capt. James Cook, during the Years, 1772, 3, 4, and 5, publicado por vez primera en Londres en 1777, y en lengua alemana un año más tarde,[7] donde tuvo un enorme éxito y ejerció una profunda influencia entre científicos y escritores de Alemania.[8]

Georg Forster puede distinguirse como uno de los escritores, junto a Johann Wolfgang von Goethe, más relevantes de la literatura de viajes en Alemania, un país que prácticamente había vivido de espaldas al mundo del viaje en ultramar, todo lo contrario a lo ocurrido con Inglaterra y Francia, por poner algunos. Los  datos, detalles, observaciones, reflexiones y estudios etnográficos proporcionados por Forster en su libro ayudaron a despertar el interés por los viajes en Alemania (entonces Prusia) en unos momentos en que el deseo de viajar para explorar, para encontrar e investigar las riquezas naturales de las tierras lejanas, cartografiar el cielo y la tierra o para resolver el enigma del origen del hombre y conocer sus culturas ocupaban la atención del intelectual europeo. Es en este contexto cuando Alemania, hasta esos momentos de espaldas al mundo de los viajes oceánicos, va a participar activamente en la hazaña viajera. Y no hay naturalista prusiano que encarne ese afán aventurero como Alexander von Humboldt (1769-1859), y precisamente Georg Forster, su amigo de  Gotinga, tendría una notable influencia sobre él.

 

“Mi afición a la botánica y al estudio de la geología, y la posi­bilidad de efectuar una excursión a Holanda, Inglaterra y Francia en compañía de un hombre famoso -Georg Forster-, que tuvo la suerte de poder participar en el segundo viaje del capitán Cook alrededor del mundo, contribuyeron a dar forma y un objetivo concreto a los proyectos de viaje que venía abrigando desde los 18 años de edad”,

comenta Humboldt en su libro de viaje a las Américas.

En la primavera de 1790 Humboldt y Forster realizaron un viaje a Inglaterra a través del Rin, los Países Bajos y Francia, para buscar un editor a la geografía de los mares del Sur escrita por el propio Forster. Fue el primer viaje que realizó Humboldt, y contar con la compañía de Forster fue lo que necesitaba. Con el experto viajero como guía nada escapaba a su minucioso examen: arte y naturaleza, pasado y presente, lo vivo y lo muerto, política y economía, fábricas y muelles, parques y observatorios, todo era palpado y escudriñado con meticulosa atención.  Todo estaba preparado para el comienzo de su gran aventura. Sin embargo, años después, las vidas de los dos discurrirán por caminos diferentes: Georg Forster, de ideas republicanas, viaja a París en 1793 para unirse al bando de los Jacovinos en la Revolución francesa –aunque al final se desilusionaría por el terror desplegado por los mismos–; por su parte,  Alexander von Humboldt en 1795 visita una parte de Italia, y en compañía de Leopold von Buch recorrió varias partes de la región de Salzburgo y de Estiria, lugares que tie­nen un enorme atractivo para la geología.

Cinco años después de que su amigo Georg se trasladó a París, en abril de 1798 Alexander decidió viajar a París para saludar a su hermano, Wilhelm, que se encontraba en la capital francesa. Cuando Alexander von Humboldt se encontraba en París, el Segundo Directorio, entonces responsable de las riendas del poder del Estado, confió en mayo a Napoleón Bonaparte la expedición a Egipto y se estaba planeando un viaje alrededor del mundo, que debía de estar dirigido por Louis-Antonie de Bougainville. Humboldt fue invitado a tomar parte. Sentía una gran admiración por el gran explorador francés y la idea de viajar con él le fascinaba. Sin embargo, Bougainville tenía 70 años y como el viaje duraría unos cinco, el veterano almirante fue sustituido por el capitán de navío Thomas Nicolas Baudin, que ya había visitado Tenerife cuando efectuó su viaje a las Antillas en el Belle Angélique en 1796-98.[9] La expedición de Baudin se retrasó hasta 1800 como consecuencia de los efectos de las guerras napoleónicas, momento en que visitaría de nuevo Tenerife. Humboldt vio frustrado sus deseos y Sudamérica  y las Indias Occidentales quedaban aún lejos de su alcance. Apenado por lo sucedido expresó: “¡Qué irremediable dolor sentí cuando todas esas esperanzas se vinieron abajo!”.

Pero durante la elaboración del proyecto expedicionario en París, Humboldt conoció a Aimé Goujaud Bonpland, un médico y botánico francés cuatro años más joven que él. Comienza una amistad leal entre los dos naturalistas que se proyectará  hasta el final de sus vidas. A la vez, en la capital francesa Humboldt conoció al cónsul de Suecia en París, quien le invita a ir a Argelia desde Marsella. Los deseos de viajar de Humboldt eran tan grandes que sin pensarlo dos veces le propone a Bonpland que le acompañara en el viaje que pretendía hacer con el cónsul de Suecia. Humboldt soñaba con recorrer la cordillera del Atlas marroquí. Bonpland aceptó y se dirigieron a Marsella para tomar el barco. Sin embargo, el buque sueco nunca regresó para recogerlos y el viaje a África se vería frustrado. Decidieron permanecer cerca del mar, pues las posibilidades de embarcar eran mayores. Después de varios meses pudieron haber hecho un viaje a Túnez, pero llegaron las noticias de la persecución que los musulmanes sometían a los europeos provenientes de los puertos franceses y desistieron de la idea. Una vez más, los viajes del prusiano a tierras exóticas se vieron frustrados. Ninguno de los dos deseaba volver a París. Es entonces cuando decidieron ir a España.

Una vez en Madrid, Humboldt conoce al embajador de Sajonia en la capital de España, el barón Philippe de Forell, mineralogista distinguido y amigo personal del ministro Mariano Luis de Urquijo, el cual lo pone en contacto con las personas más distinguidas de la ciencia nacional y le abre las puertas para procurarles a él y a Bonpland el pasaporte  para poder visitar las colonias hispanas. La monarquía borbónica, al contrario que los austrias, había comenzado a interesarse por la ciencia y la exploración de sus posesiones hispanoamericanas. No pudo venir Humboldt a España en mejor momento. El sueño de toda su vida se hizo realidad. Comenzó por fin su gran viaje, necesario para adquirir los conocimientos científicos y culturales que le permitieran elaborar el corpus de su teoría geográfica de las plantas y su nueva geológica. El viaje duraría cinco años (1799-1804),  en el transcurso del cual visitó  Canarias.

2. EL VIAJE A CANARIAS

Procedente de La Coruña, el 19 de junio de 1799 Humboldt y Bonpland llegaron a Santa Cruz de Tenerife. El gobernador general de las Canarias, Andrés Perlasca,  dio orden al capitán del barco correo la Pizarro, encargado de transportar a los naturalistas a tierra americana, de hacer llevar a tierra los pliegos de la Corte para los gobernadores de las colonias, el dinero embarcado y la correspondencia particular. Aguardaron por largo rato y con impaciencia a que el gobernador de la plaza les diese permiso para bajar a tierra. Por fin, desembarcaron después de que algunas personas les cansaran con repetidas preguntas. Gracias a las recomendaciones de la corte de Madrid, los dos viajeros fueron recibidos amablemente, como en el resto de las posesiones coloniales españolas. El gobernador general les concedió autorización para recorrer la isla, y aunque al capitán de la Pizarro se le había dado permiso para permanecer algún tiempo en Tenerife a efecto de que Humboldt y Bonpland pudiesen subir al Teide, se les advirtió que no contaban con un plazo superior de cuatro o cinco días a causa del bloqueo de las aguas canarias por los navíos ingleses como consecuencia del conflicto bélico entre la Francia napoleónica y España, por un lado, y la Segunda Coalición (1798-1801) encabezada por Gran Bretaña, por otro. Precisamente, el día anterior fue apresado el paquebote Alcudia, que había salido de La Coruña pocos días antes que la Pizarro, y se había visto obligado a fondear en el puerto de Las Palmas de Gran Canaria; también habían sido apresados varios pasajeros que iban en una chalupa a Santa Cruz de Tenerife.

En Santa Cruz Humboldt y Bonpland se quedaron en la casa del coronel madrileño y segundo Jefe del Batallón de Infantería de Canarias, José Tomás de Armiaga y Navarro. No se cansaban de admirar los huertos de la casa del militar, cultivado al aire libre, donde abundaban bananeros, papayos y otras frutas y que hasta entonces sólo habían visto en los invernaderos de Europa.

Santa Cruz les resultó a los viajeros una ciudad bastante linda, pero triste, con una población de unos 8.000 habitantes. Las casas, de 800 a 900, eran de una blancura resplandeciente, la mayoría con azoteas y ventanas sin vidrieras. Sus calles estaban relativamente mal empedradas. Consistía en unos guijarros aplanados y en las calles apartadas del centro de la ciudad las piedras estaban sin pulir lo que las hacían más incómodas para caminar e imposibles para los coches de carruajes. La ciudad estaba desnuda de vegetación. Humboldt consideró el puerto de Santa Cruz como un gran apeadero en el camino entre Europa, América y Oriente. Era muy frecuentado por las embarcaciones europeas dirigidas hacia las colonias a lo largo del océano Atlántico. Su estadía no se realizaba tanto para la reparación de los navíos, en la medida en que no ofrecía ningún asti­llero donde pudieran encontrar arboladuras, velas, cordajes y demás piezas de recambio,  como para procurarse agua, frutas, verduras, bueyes, corderos, cerdos, aves de corral, pescado salado, y sobre todo vino. Géneros todos ellos muchos más baratos que en Madeira, razón por la cual los navíos europeos que emprendían largos viajes prefirieran atracar en el puerto tinerfeño, según la mayoría de viajeros.

Los vinos, principalmente blanco, del que se recogía cada año en la isla alrededor de 25.000 pipas, se exportaba a las colonias españolas en América y los irlandeses se llevaban una cantidad considerable a cambio de manufacturas inglesas –sombreros, calcetines, medias, sardinas, arenques ahumado y adobado, cerveza, material de ferretería, botellas, entre otros productos– y los norteamericanos en pago por el maíz, trigo, duelas, caballos y tabaco, que según George Staunton era objeto de contrabando por la costa de Tacoronte.

Ante la advertencia de los escasos días que podían permanecer en la isla, Humboldt y Bonpland se apresuraron a trasladarse al Puerto de la Cruz (entonces Puerto de Orotava) donde se procurarían de guías. Humboldt señala que no conoció a nadie en Santa Cruz que hubiese escalado el Teide, una observación hecha por la mayoría de los viajeros, entre ellos George Glas, quien apuntó en 1761 que salvo los «extranjeros y algunos pobres de la isla que se ganaban la vida recogiendo azufre», los naturales de Tenerife se interesaban muy poco por el Teide. Aunque el creciente interés despertado en los europeos por el volcán sirvió de estímulo para que algunos isleños se fijaran en él, en general, el desinterés se proyectó hasta bien entrado el siglo XIX.

La madrugada del 20 de junio los viajeros se pusieron en marcha por el estrecho y tortuoso camino que conducía a La Laguna para alcanzar el valle de La Orotava. Después de visitar el Jardín Botánico, situado en la carretera entre la Villa de La Orotava y el Puerto de la Cruz, establecido por Alonso de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, por Real Orden de 17 de agosto de 1788, siendo rey Carlos III; subir al Teide; visi­tar varios jardines en La Orotava, destacando el de Franchi, con su drago milenario y gozar de la compañía de la comunidad ilustre local extranjera, partieron de nuevo a Santa Cruz el 24 de junio por la mañana y antes de llegar almorzaron en casa del cónsul de Francia al pasar por La Laguna, a quien Humboldt le encargó que enviara al gabinete de historia natural del rey de España las colecciones geológicas que habían cogido él y Bonpland. Al llegar a Santa Cruz las naves inglesas que estaban apostadas delante del puerto habían desaparecido y no tenían tiempo que perder para abandonar la isla. La tarde del 25 de junio de 1799 zarpó la Pizarro de Santa Cruz para tierras hispanoamericanas, con gran pena de Humboldt.

3. EL ENCUENTRO CON LA SOCIEDAD ISLEÑA

Los estudiosos de la obra isleña de Humboldt le han dado más importancia a sus escritos sobre la naturaleza física de la isla que a sus juicios sobre la sociedad. Es verdad que Humboldt estudió la mineralogía, meteorología, el vulcanismo, la geología y diversas características del pico del Teide; tomó una muestra del aire recogido en el cráter para su estudio; realizó muchas observaciones astronómicas y químicas; además tomó muestras de una gran cantidad de plantas que le ayudarían a elaborar la teoría sobre la geografía de las plantas. Pero, Humboldt no sólo aporta datos sobre la naturaleza inorgánica, sino también reflexionó sobre las condiciones socioculturales del pueblo canario. Porque el acercamiento a la naturaleza y al hombre estaba dentro de su concepción científica, donde prima el sentido de la unidad y la interacción de los fenómenos terrestres, concepción que incluía al hombre, pues el concepto de naturaleza de Humboldt contempla también al ser humano y su historia. Como afirma el profesor Ottmar Ette, la ciencia humboldtiana es interdisciplinar, es un modelo de comprensión del cosmos, que nos presenta nuevas formas de vinculación de los saberes. Espacio, movimiento y vida conforman una unidad de elementos indivisibles entre el hombre y la naturaleza, sobre el que descansa la globalización del conocimiento y el futuro del Planeta. El propio Humboldt lo señala cuando habla de la naturaleza de su viaje: “Mi verdadera y única meta es investigar las relaciones y diferencias existentes entre todas las fuerzas naturales”.  Era propio en el estadio de la ciencia por entonces, donde las ciencias humanas no habían alcanzado el nivel de sistematización imprescindible para segregarse  de las ciencias naturales, la unificación de la geografía física y humana.[10]

En Alexander von Humboldt se había despertado un espíritu crítico de la sociedad absolutista, era sensible a los problemas del ser humano. No debemos de olvidar que junto con su hermano Wilhelm formó parte del círculo de Jena,  centro de reunión de los románticos Novalis, Schelling, Schlegel, Fichte, Schiller y otros representantes del pensamiento romántico alemán, como  Wolfgang von Goethe, con quien Humboldt había entablado una amistad estrecha desde el momento en que se conocieron en 1794, donde se discutía sobre literatura, filosofía, poesía, arte y, sobre todo, sobre la naturaleza. La reflexión sobre la naturaleza –que se estaba dando en la sociedad burguesa dieciochesca, fundamentalmente a partir de su segunda mitad– caracterizaba las reuniones en las múltiples tertulias que organizaban, donde el hombre y su futuro tenían un papel central en los debates. Formaba parte de la sensibilidad del hombre de la Ilustración el cual sostenía que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía, en definitiva contribuir a construir un mundo mejor. Por ello, Humboldt, como hombre ilustrado, dotado de sensibilidad romántica y análisis crítico se fijó en muchos aspectos de la economía, la política y la sociedad de la época.

Tampoco debemos olvidar la gran admiración de Humboldt por Georg Forster, su amigo de principios democráticos y comprometido con los ideales de la Revolución francesa y la propia estancia de Humboldt en el París revolucionario,  donde coincidió en 1798 con la declaración de la abolición del feudalismo (4 de agosto) y con la Declaración  de los derechos del hombre y del ciudadano (26 de agosto), efemérides que se celebraron con júbilo.

Cuando Humboldt redactó su estancia en Tenerife en su libro Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent (Relato Personal del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente) relaciona sus impresiones de la sociedad isleña con las del resto de la sociedades coloniales americanas. El mismo método de análisis que emplea para el estudio de la naturaleza física y la geografía vegetal de la Tierra, donde prima la unidad y movilidad de los elementos, lo aplica en el acercamiento a los aspectos culturales, sociales y etnográficos.

 

Sociedad, clases sociales y sistemas de producción

 

En Tenerife Humboldt se sintió complacido por el talante y la educación de la burguesía portuaria con la que se relacionó, sobre todo, con la burguesía comercial extranjera de Santa Cruz, representantes de las casas comerciales de los Cólogan y Pasley & Little, ambas establecidas en el Puerto de la Cruz, que solían dispensar una agradable acogida a los viajeros para obtener así las compras de los suministros que deseaban. Se esforzaron en facilitarles una agradable acogida en el valle de La Orotava. Estas familias tenían exquisito gusto por las letras y la música “y que han traído hasta estos climas, la afabilidad de la sociedad de Europa”, afirma Humboldt. Él y su amigo Bonpland recibieron una cálida acogida por estas familias.

Gozaron de la hospitalidad del comerciante John Pasley, residente en Santa Cruz desde hacía muchos años, con su principal casa comercial en Lisboa,      que contaba con un termómetro Réaumur en uso desde 1730, y le facilitó a Humboldt los registros de las temperaturas que había hecho en el Teide y en el Puerto de la Cruz. En el mismo Puerto de la Cruz los sobrinos de Pasley, los escoceses James y Archibald Little, establecidos como socios en 1751, los invitaron a una fiesta campestre en el jardín de su casa de Sitio Litre la víspera de San Juan. Archibald llegó a ser un hombre muy rico y muy influyente en la isla, hombre recordado en la localidad porque para aliviar la hambruna de 1796 mandó traer granos de Marruecos para suministrarlo gratuitamente entre los vecinos del Puerto de la Cruz. Era amigo del marqués de Villanueva del Prado, y atendía con exquisito placer a cuantos viajeros, con y sin cartas de recomendación, visitaban el lugar. Por ejemplo, mostró su hospitalidad en marzo de 1791 a los capitanes John Parker, acompañado de su esposa Mary Ann, y Francis-Grosse, de la Third Fleet con destino a Nueva Gales del Sur, cuando hizo escala en Tenerife para que Peter Rye, el lugarteniente del Gorgon, uno de los barcos de guerra del Almirantazgo, realizara una excursión al Teide.[11] También fueron sus huéspedes en 1792 dos destacados viajeros, George Staunton y John Barrow, secretario del embajador lord George McCartney, con motivo del viaje del vizconde de Dervock y barón de Lissanoure, para negociar los derechos comerciales de la corona británica en China.[12]

Humboldt y Bonpland también gozaron de la hospitalidad de los miembros de otra casa comercial en la zona, la familia Cólogan, en especial de Bernardo Cólogan, su anfitrión en el valle, que le ofreció alojamiento en su casa de la costa situada en la calle Quintana, –convertida en 1884 en el encantador hotel Marquesa, aún en servicio–.

Fueron invitados a visitar algunos jardines de La Orotava, entre ellos el destacado jardín de Franchi, según el viajero prusiano “uno de los sitios más agradables del mundo”.

Humboldt no duda en afirmar que, “con la excepción de La Habana –puerto de concentración del comercio en Cuba– las Islas Canarias se parecen muy poco al resto de las colonias españolas”.

“Entonces ex­perimentamos que la permanencia en Tenerife no es solamente inte­resante para los que se ocupan del estudio de la naturaleza; en Puerto de Orotava se encuentran personas que tienen gusto por las letras y la música y que han traído hasta estos climas, la afabilidad de la sociedad de Europa. En este sentido y con la excepción de La Habana, las Islas Canarias, se parecen poco a las demás colonias españolas”.

Señaló las riquezas de la literatura castellana. José de Viera y Clavijo, historiador canario sobre el que se apoyó para ilustrarse sobre las Islas Canarias; Clavijo y Fajardo, familia intelectual de Lanzarote y que Rafael pidió al capitán de la Pizarro en La Coruña que parara en Tenerife para que Humboldt la visitara; las familias Iriarte y Betancourt, destacados apellidos en la literatura y la ciencia oriundas del Puerto de la Cruz. Todos gozaron de proyección europea.

Pero las palabras elogiosas sobre esta burguesía comercial extranjera contrastan con la percepción negativa que de la oligarquía local apreció Humboldt. Era el reverso de la moneda que señala el lado oscuro de la sociedad consecuencia de las dos caras con la que convivía la sociedad isleña y, por extensión, la española, en general.

En efecto, los ilustrados, una minoría de hombres de la oligarquía insular, fundamentalmente extranjera, y algunos destacados nobles locales alrededor de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, que si bien tenían perspectivas racionalistas en la concepción del comercio y la ciencia, convivían con una amplia mayoría de hacendados que se resistían a cualquier proyecto de abrazar las nuevas ideas o mejoras sociales. Esta nobleza insular, afincada sobre todo en La Orotava, vivía de espaldas a la población.

“Desde lejos la Villa de La Orotava se anunciaba de forma muy armónica, pero en el mismo pueblo sus calles estaban muy solitarias; y las casas, aunque también sólidamente construidas, tenían un aspecto lúgubre”,

señala Alexander von Humboldt. Un aspecto similar ocurría en La Laguna, entonces la capital. La ausencia de personas en las calles y el estado ruinoso de muchas casas conferían a las principales ciudades del interior, La Orotava y La Laguna, un aspecto lúgubre, triste y aburrido. Nada mejor ilustra el triste panorama que el acercamiento al calamitoso estado de las ciudades y los pueblos que contempló Humboldt. En repetidas ocasiones se refirió al pésimo aspecto de las dos ciudades aristocráticas de Tenerife: La Laguna y La Orotava. De la ciudad del Adelantado afirmó: “Las casas de La Laguna –afirma– aunque de construcción sólida y antiquísima, estaban en ruinas, y el carácter vetusto de los edificios determinaba el cuadro paisajístico de la ciudad. Los techos y las paredes estaban cubiertos de verodes”.

Por su parte, la apreciación sobre el pueblo norteño de La Orotava va acompañada de un comentario que pone de manifiesto un agudo sentido crítico al sistema organizado por la aristocracia local para la construcción de muchos de los edificios emblemáticos del pueblo: “pertenecen casi todas a una nobleza acusada de ser muy orgullosa, ella misma se designa con el fastuoso nombre de doce casas”, según propias palabras de Humboldt.[13] “Las Doce Casas” a las que se refiere el viajero prusiano era la hermandad de la Santa Vera de la Cruz, fundada en 1650 por las familias aristocráticas más poderosas de la villa, las cuales competían entre sí en la construcción de sus casas como forma de exhibir su riqueza económica.

A renglón seguido, Humboldt critica con dureza el sistema de relaciones de producción que sobrevivía en las islas. “Aún esta aristocracia orgullosa mantenía unas relaciones feudales causantes de la miseria, pobreza y atraso de las clases bajas de la sociedad isleña” –comenta–. “El bienestar de los habi­tantes de la isla no se corresponde con los esfuerzos de su trabajo, ni a las ventajas con que la naturaleza ha colmado esta región. Los labradores no son general­mente propietarios; el fruto de su trabajo pertenece a la nobleza, esas mis­mas instituciones feudales que por largo tiempo han sembrado la pobreza por toda Europa, y que atenazan la felicidad del pueblo en las Islas Canarias”.[14] Para el viajero alemán, la explotación feudal era la causa de una elevada emigración de la población isleña.

Es decir, reprocha a las clases altas del atraso del país y la miseria reinante. Tampoco duda en considerar a las mismas clases dominantes y gente de bien como las responsables del atraso y pauperismo nivel de vida, así como del continuo flujo migratorio del pueblo canario. Y no duda  en valorar el espíritu laborioso del isleño fuera de las islas, en las colonias americanas, en la medida en que  para apreciar bien a los canarios no sólo era suficiente verlos en las islas, “donde trabas poderosas se oponen al desarrollo de la in­dustria” –dice Humboldt–, sino que era necesario estudiarlos “en las estepas de la provincia de Caracas, en las faldas de los Andes y don­de quiera que estén aislados en comarcas inhabitadas y allí donde han tenido ocasión de des­plegar su energía y actividad, que son las verdaderas riquezas de un colono”.[15]

Emigración que alcanzaba proporciones alarmantes –según él–. El archipiélago entero no contaba con más de 160.030 habitantes y los isleños eran quizá mucho más numerosos en el Nuevo Continente que en su vieja pa­tria –anota en su diario–. ¡La emigración! Era la válvula de escape a la que recurría la élite económica para paliar la pobreza y minimizar posibles conflictos sociales –según Francis Coleman McGregor–.

La emigración tenía para Humboldt dos caras: una positiva y otra negativa. La positiva porque gracias a los canarios –a los que considera honrados, sobrios y religiosos– se deben, en gran parte, los progresos de la agricultura en muchas colonias, en Filipinas, en las Marianas, en Chile y La Plata, en Nuevo México y en donde haya establecimientos españoles en América. Y la negativa porque la emigración era consecuencia de las arcaicas relaciones feudales existentes que impedían el desarrollo y progreso industrial y dificultaban el incremento de la producción y del bienestar social de las islas. Disminuiría si la propiedad de la tierra estuviera mejor repartida y los mayorazgos suprimidos, comenta Humboldt.

el pueblo llano era laborioso, pero su actividad se desarrolla mejor en las colonias apartadas que en Tenerife, donde tropieza con obstáculos que progre­sivamente alejan a las Islas Canarias de una sabia administración. Disminuirán las emigracio­nes si se logra repartir entre los particulares las tierras señoriales no cultivadas, vender las que están anexas a los mayorazgos de las grandes familias y abolir poco a poco los derechos feudales.[16]

Esta declaración del naturalista alemán, inaudita hasta ahora y jamás realizada con anterioridad por algún natural ilustrado o viajero alguno, pone de manifiesto su talante de hombre ilustrado y liberal, y hasta qué punto Humboldt critica la sociedad canaria.

Y por último, la otra cara negativa de la emigración: el aumento considerable de mujeres que se ven obligadas al trabajo de la prostitución. Lo primero que le llamó la atención a Humboldt cuando llegó a Santa Cruz  fue una mujer mal vestida, a quien llamaban “la capitana”, la jefa escogida por sus compañeras para que ejerciera como autoridad. La seguían otras mujeres cuyos vestidos no eran más decentes; y todas solicitaban, con empeño, el permiso de ir a bordo de la Pizarro, permiso que naturalmente no se les concedió. Comenta el prusiano que la proliferación de mujeres ofreciéndose en la calle era normal en un puerto tan frecuentado por los europeos. “La capitana” ayudaba en todo lo que pudiera perjudicar el servicio de los barcos y velaba para que los marineros regresaran a bordo a las horas que se les había señalado. Los oficiales se dirigían a ella cuando tenían temores de que alguna persona de la tripulación se había ocultado para desertar.[17] Por lo general, Humboldt consideró al puerto de Santa Cruz de Tenerife un lugar de vida deshonesta y donde predomina cierta vida licenciosa como consecuencia de la frecuente llegada de europeos, por ser el centro comercial más importante, no sólo de la isla, sino del archipiélago

Precisamente, las clases bajas, sobre todo las del valle de La Orotava, utilizaban el Teide para aumentar sus paupérrimos jornales, bien como neveros, guías o muleros. La relación que tenía el isleño con el Teide estaba sólo en sintonía con la explotación económica del mismo. Humboldt habla de los neveros, “indígenas que tienen el oficio de buscar hielo y nieve para vender en las ciudades cercanas”. Uno de los recursos que proporcionaba las Cañadas del Teide a pastores y campesinos pobres de los altos de La Orotava, y que ayudaron desde muy temprano a sanear algo sus maltrechas economías. Desde mediado del siglo XVII la nobleza de Tenerife mezclaba el hielo con el vino para refrescarlo, razón por la cual desde esa temprana fecha ya se reunía para su venta. Los campesinos pobres subían en el silencio de la noche antes de despuntar el alba, una vez entrada la primavera y en verano para recoger el hielo acumulado, cuando las Cañadas y el Teide se cubrían de nieve en invierno. Se dirigían a la Cueva del Hielo, a La Estancia de los Ingleses y a otras cuevas situadas en Montaña Negra, conocida como Los Gorros.  Las cuevas las utilizaban como neveras.

El hielo lo transportaban sobre bestias en canastas de brezo cubiertas sus paredes de helechos para impedir que se derritiera. De regreso buscaban los atajos más rápidos para impedir que el sol hiciera su aparición. Una vez llegaban a los pueblos con sus mulas cargadas con la preciada carga procedían a su venta por las calles al grito de ¡Hielo! ¡Se vende Hielo!-

Para muchos, el oficio de nevero era la única forma que tenían de ganarse la vida. Las difíciles condiciones climáticas les obligaban a tener una dieta de bastante caloría, basada en pescado salado, pan, gofio, leche entera de cabra y mucho vino.

A la vez, los neveros también hacían de guías a los extranjeros que querían subir al Teide hasta la aparición de los guías «oficiales». Era la otra forma que Humboldt señala como recurso económico de los campesinos: la de guía la Teide, aunque no tuvo palabras elogiosas para los naturales que actuaban de guías. Los consideraba perezosos y que actuaban desganados, contribuyendo bastante a hacer la subida al volcán de los excursionistas llena de obstáculos. “En nada –comenta Humboldt– se parecían a los guías de los del valle de Chamonix, o a esos ágiles guanches de quienes se decía que atrapaban un conejo o una cabra salvaje a la carrera”. Los guías eran de una pasividad desesperante. Ya, en la víspera de su excursión al Teide, habían querido persuadirle de no ir más allá de la estación de las rocas; se sentaban a descansar de diez en diez minutos; Humboldt y Bonpland descubrieron que ninguno de ellos había ido jamás a la cima del volcán; y lo que era peor, “arrojaban a escondidas las muestras de obsidiana y piedra pómez”, que Humboldt y Bonpland recogían con cuidado para llevárselas.

 

 

¿Permanecen rasgos del mundo aborigen en la población canaria?

La población aborigen de las islas también mereció la atención de Humboldt. Para él la raza guanche estaba extinguida desde los comienzos del siglo XVII, como consecuencia de la unión de blancos colonos con los aborígenes, y por entonces, cuando él visitó la isla tan sólo quedaban algunos ancianos en Can­delaria y en Güímar. Los colonos españoles los llamaban isleños. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí?, se pregunta Humboldt después de regresar del Nuevo Mundo, ¿qué había sido de los primitivos habitantes de Cuba, Santo Do­mingo y Jamaica? y en Tenerife ¿qué se ha hecho con los guanches de quienes tan sólo las momias, sepultadas en las cavernas, se han salvado de la destrucción?. Tales ausencias de restos aborígenes explican los actuales rasgos europeos de los canarias. Humboldt razonó de la siguiente manera.

En primer lugar, razona Humboldt, en el siglo XV casi todas las naciones mercantiles, en especial Castilla y Portugal, solicitaban esclavos en las Islas Canarias, como en su momento se solici­taba en la costa de Guinea. Culpa a la religión cristiana, que en su origen favoreció poderosamente la libertad de los hombres, y “servió de pretexto a la avaricia de los europeos”, según sus propias palabras. “Todo individuo apresado antes de recibir el bautismo se esclavizaba”, afirma Humboldt. “El guanche moreno y el negro africano eran vendidos al mismo tiempo en el mercado de Sevilla”. Así la población de los canarios había padecido “el comercio de esclavos, las rapiñas de los piratas y, sobre todo, una prolongada carnicería cuando Alonso de Lugo terminó la conquista”.[18]

En segundo lugar, Humboldt hace referencia a la modorra como otra de las causas que contribuyeron al exterminio aborigen. Los guanches que sobrevivieron después de las batallas con los castellanos, perecieron en gran parte en 1494 por la famosa peste conocida como modorra, que se atribuyó a la acumulación de cadáveres que los espa­ñoles habían dejado expuestos al aire después de la batalla de La Laguna. Para Humboldt, cuando un pueblo semisalvaje y despojado de sus propiedades se ve forzado a vivir con una nación civilizada en un mismo país, busca cómo aislarse en los montes y las selvas. Es este refugio el único que pudo escoger el isleñoo y se asentó pasados los años en los pueblos sureños de Can­delaria y Güímar, donde tan solo quedaban algunos ancianos en 1799.[19]

Humboldt considera positivo que los conquistadores no siempre se negaron a enlazarse con los aborígenes, dando origen a los canarios, a los isleños actuales. Pero el propio Humboldt afirma que tienen motivos poderosos para negar el enlace. ¿A qué se refiere Humboldt? Para él es evidente que después de tres siglos de la conquista de las islas en ninguna existía algún aborigen de pura raza y aunque algunas fami­lias de canarios se enorgullecían de su parentesco con sus antepasados aborígenes, eran muy pocas. Y una prueba que confirma que “los actuales canarios se negaban a reconocer su mezcla con los guanches es la existencia en ellos de una fuerte voluntad de solicitar el grado de oficial al servicio del rey de España”. Era la prueba de la desaparición de la raza guanche en la población actual canaria, según Humboldt.

Afirmó que no había visto momias guanches sino en las colecciones de Europa, porque en el momento de su viaje eran muy raras en Tenerife. En efecto, a pesar de que algunas salieron de las islas a través de los visitantes extranjeros, los campesinos isleños, producto de su incultura, solían dar un trato supersticioso de terror a las momias guanches, quemándolas como combustible o desguazándolas. Solían tirarlas al fondo de los barrancos:

Los campesinos canarios toman las momias con supersticioso terror. Mientras yo estaba en Tenerife, fueron descubiertas algunas en una cueva en Santa Lucía, y las mismas fueron desguazadas inmediatamente”.

comenta el viajero británico Walter Benjamin en 1876.[20]

Una práctica ancestral, que incluso se dio entre las clases altas. Las familias ricas de la isla presumía mucho de su linaje y se sentían altamente ofendidas si se les decía que eran descendientes de los moros o de los nativos de las islas, los guanches, afirma George Glas en 1761.[21]

Solamente con la importancia que estaba adquiriendo la antropología a partir de la segunda mitad del siglo XIX, consecuencia del triunfo del darwinismo soacial, es cuando se da un cambio de actitud entre la intelectualidad de ciertos sectores de la élite canaria. Se toma conciencia sobre la importancia cultural de los antiguos aborígenes de las islas y desde entonces algunos miembros del grupo social dominante comienzan a reconocer la nefasta política practicada durante siglos de abandono y desprecio de todo lo relacionado con el mundo aborigen isleño. Un representante tan destacado de la burguesía portuense, Jorge Pérez Ventoso, se atreve a auto-criticarse en nombre del grupo social al que pertenecía porque habían sido responsables de la extinción de la cultura guanche. ¡Fuimus Troes! (expresión latina que significa ¡Fuimos unos destructores!), afirmó en un artículo publicado en la British Medical Journal el 1 de octubre de 1892, al referirse a los destructores conquistadores que, nada más terminar la conquista, comenzaron a «registrar las cuevas donde se mantenían los tesoros de las momias, destruyéndolas a despecho», afirma Pérez Ventoso.[22]

La otra prueba de la extinción de la raza y cultura guanche entre los canarios contemporáneos la atribuye Humboldt a la fuerte voluntad de servir como oficial al servicio de la corona de España, como hemos señalado con anterioridad. Los funcionarios, en su inmensa mayoría de la metrópoli, se daban un aire de autoridad como –comenta el viajero- «si todo el poder y las oficinas del Gobierno estuvieran concentradas en su persona» y eran mirados con mucho respeto entre la población. No dudaban, según a viajera británica Elizabeth Murray, en adular y halagar como formas de conseguir sus ascensos entre ellos y accesos en los aspirantes. Había, por otro lado, un gran número de oficiales en la isla, a pesar de contar con apenas tropas que lo demandara. Estos miembros del ejército desplegaban con placer sus uniformes que tanto les encantaban a los isleños. Es, quizá, por esta razón, que los canarios, no sólo de la clase media sino de todas las clases, profesaban un gran amor por los uniformes militares y daban muestras de simpatías por la  Madre Patria de España.

De la misma manera que critica la forma feudal de la sociedad isleña que se encontró, critica el sistema feudal de organización de los aborígenes. Según Humboldt,  los habitantes de las islas del Pacífico, demasiado violentos y en otros tiempos antropófagos, se parecían a los guanches de Te­nerife en más de un aspecto. A unos y a otros “los vemos padecer bajo el yugo de un gobierno feudal”. En­tre los guanches esta institución, que facilita y perpetúa las guerras, estaba sancionada por la religión. Los sacerdotes decían al pueblo: «El Gran Espíri­tu, Achamán, creó al principio los nobles, los achimenceyes, entre quienes distribuyó todas las cabras que existen sobre la tierra. Después de los nobles, creó Achamán los plebeyos, los achicaxnas; y esta raza, más joven tuvo el valor de pedir también cabras, pero el Ser Supremo respondió que el pueblo estaba destinado a servir a los nobles y no era necesario ninguna propiedad». Esta tradición se había inventado, sin duda, para agradar a los ricos vasallos de los reyes pastores. Así el falcan, o gran sacerdote ejercía el derecho de en­noblecer, y una ley de los guanches disponía que todo achimencey que ordeñara una cabra con sus manos, perdería sus títulos de nobleza.

¿Heredó esta forma de ser de los aborígenes la sociedad colonial que se formó en Canarias, a la cual se refiere Humboldt, y de la que también hizo alusión George Glas en 1764?.

4. TURISMO VERSUS ESCLAVITUD

Por último, Humboldt se ocupó del espacio geográfico insular como soporte de localización turística basada en la estrecha relación con el clima. Refiriéndose a la isla en general. indicó que el hombre sensible a la perfección de la naturale­za encuentra en Tenerife remedios potentes con su clima y afirma que ningún otro lugar le parece más apropiado para disipar la melancolía, el spleen ─una razón por la cual la aristocracia inglesa viajaba al continente─  y de­volver la paz al alma dolorida que Tenerife y por añadidura Ma­deira.

La inmensa mayoría de los viajeros dieciochescos llamaron la atención sobre las potencialidades turísticas de las islas en unos momentos en que estaba en auge el viaje a Madeira y el Grand Tour a Europa, término con el que se designa los viajes que desarrollaban los miembros de la alta sociedad inglesa hacia la Europa continental, ya en el siglo XVIII por razones de salud –y por añadidura de ocio–. Humboldt menciona al doctor William Anderson, médico y naturalista a bordo del Resolution, la fragata del tercer viaje de James Cook. Anderson señaló directamente las propiedades terapéuticas del clima insular. Padecía de tuberculosis y murió a bordo del Resolution el 3 de agosto de 1778 a consecuencia de ella. Durante su visita a Tenerife escribió:

“El aire y el clima son notablemente sanos y particularmente apropiados para prestar alivio a enfermedades tales como la tuberculosis”.

William Anderson aconsejó a los médicos británicos que enviaran a sus pacientes a Tenerife a causa de la uniformidad de la temperatura y la benignidad de su clima, en lugar de recomendarles el continente europeo o la isla portuguesa de Madeira, como usualmente sucedía en el Grand Tour.

Casi una década después lo hizo el médico John White, uno de los capitanes de la First Fleet, escuadrón que, bajo el capitán Arthur Phillip, partió hacia Botany Bay el 13 de mayo de 1787 con el primer grupo de hombres (700 convictos). White puso también de manifiesto las cualidades del clima de Tenerife para la convalecencia de enfermos  (invalids) . Durante su estancia en la capital de la isla comentó que “el clima de Tenerife es agradable y sano. No conozco ninguno mejor para la convalecencia de los enfermos. A esto hay que añadir, que los que quieran vivir aquí pueden elegir la temperatura que más le guste por el carácter montañoso de la isla”.

Otras referencias esenciales que ayudaron al reconocimiento médico-turístico de Canarias fueron las realizadas por el doctor irlandés George Staunton y su contemporáneo John Barrow, acompañantes de George McCartney en su viaje a Pekín en 1792 para hacerse cargo de la embajada de Su Majestad en China. Staunton compara Canarias, particularmente Tenerife, con Madeira, centro médico-turístico (health resort) de moda entonces, no dudando declararse a favor de la isla canaria. Tal entusiasmo mostrado con la naturaleza y el clima de la isla es de suma importancia, ya que por esas décadas de finales del XVIII Madeira, junto a las riveras francesas e italianas, era un destacado centro de recepción turístico entre los ingleses.[23] Afirmó que Santa Cruz de Tenerife tenía más ventajas que Funchal, pues sus calles eran más anchas, limpias, agradables y menos pendientes;  las provisiones y los vinos en el puerto canario eran más baratos que en la capital portuguesa; señaló con claridad que el aire de Santa Cruz era más puro y ligero que el de Funchal, y no dudó en afirmar que se encontraba en una de las Islas Afortunadas, refiriéndose a la concepción mítica de archipiélago. Staunton lamentó que un invalid, apellidado West, el cual se había trasladado a Funchal para su convalecencia, “no hubiese venido a gozar de un clima [el de Tenerife] que nos pareció mejor que el de Madeira”.

Por su parte, John Barrow hizo ciertos registros térmicos y afirmó que el clima de las Islas Canarias era quizás el más delicioso del mundo, pues “durante nuestra estancia [en Tenerife] el termómetro Farenheit nunca bajó de 70º [21ºC] y tampoco subió de 76º  [24ºC]; normalmente la temperatura se mantiene a unos 72ºF  [unos 22ºC]”. A Barrow le habían informado en la isla que la temperatura en las Canarias raramente sobrepasaba los 80ºF [26ºC] en los días más calurosos y que en los días más fríos rara vez bajaba a 66ºF [18ºC].  Le sorprendió enormemente tales registros porque daba una oscilación térmica durante todo el año de 8ºC, variaciones que en Inglaterra se daba en menos de 24 horas.

La influencia del clima en el origen de la exuberante vegetación y riqueza natural de las Canarias fue una apreciación muy común entre los viajeros. En 1801 el naturalista francés Jean-Baptiste Bory de Saint-Vincent no dudó en afirmar que la suavidad de la temperatura reinante en el valle de La Orotava favorecía la fertilidad del suelo. “Allí –comenta– es donde verdaderamente se encuentran las Islas Afortunadas, en las cuales abundan los vegetales de Europa, África y América”.  Y, según George Glas, las excelencias climáticas de las islas eran las razones de la longevidad de los habitantes de Canarias.

Para Humboldt, Santa Cruz, el Puerto de la Cruz, la Villa de La Orotava y La Laguna son cuatro sitios cuyas temperaturas medias for­man una serie decreciente. Y aunque el clima de La Laguna es brumoso en invierno y los habitan­tes a menudo se quejan del frío, nunca se ha visto caer nieve, y su temperatura media está por encima de 18,7ºC (15ºR.), es decir, que incluso excede a la de Ná­poles, comenta el viajero prusiano.

De hecho La Laguna era centro de veraneo de las clases acomodadas isleñas desde el siglo XVIII en Tenerife. Según él, La Laguna (546 m. de altitud), situada en una pequeña llanura, era una “mansión deliciosa y agradable” en la isla por ser fresca en verano y poseer una rica vegetación. En efecto, la ausencia de arbolado que purificara y refrigerara la atmósfera de Santa Cruz hacía que desde el siglo XVIII las clases acomodadas ocuparan la capital de la isla para descansar en verano, cuando el calor en el puerto era muy sofocante. Esto ocurría no solamente en las clases acomodadas de Santa Cruz, sino también con las de La Orotava y del Puerto de la Cruz. También la oficialidad de alta graduación del ejército emigraba hacia la ciudad del Adelantado. Incluso las clases altas, principalmente de Santa Cruz, tenían sus casas de verano en Guamasa, aunque el lugar favorito de residencia para pasar las vacaciones era Tegueste, por estar mejor protegido de los vientos del sur y donde el cónsul francés tenía su casa de campo. Era lo que yo llamo el Petit Tour de las Canarias realizada por la élite económica y política isleña y que se proyectaría a lo largo de todo el siglo XIX.

A los viajeros dieciochescos europeos (naturalistas y exploradores), cuyo número fue elevado, podríamos considerarlo “turismo temprano” o “proto-turismo” en la medida en que decidieron hacer un alto en el camino mientras se dirigían en sus rutas expedicionarias, sobre todo para realizar la tan deseada excursión al Teide y, por añadidura, explorar la naturaleza insular, expresión de la mentalidad del hombre de la Ilustración y del hombre romántico. Ellos forman el germen del turismo moderno en las islas porque las visitan para disfrutar de la atractiva y variada naturaleza insular y porque resaltaron la benignidad del clima de las islas para la cura de los aquejados de afecciones pulmonares y otras dolencias, dos de las características del archipiélago que aún hoy constituyen los reclamos turísticos de Canarias

Para Humboldt el clima de las Canarias sobresale por su suavidad y uniformidad, ventajas que no se puede decir lo mismo en la Europa austral, donde los cambios de estaciones son demasiados acusados. Nunca puede ofrecer idénticas ventajas, según él. Tenerife, en particular, situada en la entrada de los trópicos y a pocas jornadas de navegación de España, posee las bellezas que la naturaleza ha prodigado en las regiones equinocciales. La vegetación se desarrolla en sus formas más bellas y más imponentes. El hombre sensible a las bellezas de la naturale­za encuentra en esta maravillosa isla remedios por su clima.

“Pero no son únicamente las ventajas de la belleza del sitio y de la pureza del aire; se debe, sobre todo, a la ausencia de la esclavitud, cuyo as­pecto es tan chocante en las Indias y dondequiera que los colonos europeos han llevado, lo que ellos llaman, sus luces y su industria” –afirma Humboldt–.[24] No debemos olvidar que Humboldt, después del viaje por tierras americanas, se mostró en muchas ocasiones enemigo acérrimo de la trata de esclavos.

La esclavitud practicada en las tierras americanas sobrecogió a Humboldt, que  en diferentes libros y ensayos no dejó de criticarla: Ensayo político sobre el reino de la Nueva España,[25] Ensayo político sobre la Isla de Cuba[26] y Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente[27]. En todas estas obras no cesa Humboldt de referirse a la espantosa  situación en las que se encontraban los esclavos negros. En los años que estuvo recorriendo tierras americanas (1799/1804) en la Nueva España (México) había unos 6.000 esclavos negros; en las siete provincias de Venezuela había unos 60.000 –Caracas, 40.000, Maracaibo, 10.000/12,000, y Cumaná y Barcelona, 6.000–, y en el archipiélago de las  Antillas  había 1.300.000. Cuba sola tenía más de 233.000, cuya alimentación se componía de legumbres, carne salada y pescado seco.[28]

No olvida Humboldt en resaltar que los esclavos de las posesiones españolas estaban algo más protegidos que los de otras colonias (Inglaterra, Francia y Estados Unidos). El estatuto hispánico para el trato del esclavo negro, las leyes y las costumbres españolas favorecían la manumisión. El amo no podía rehusar la libertad a un esclavo que le ofreciera la suma de 300 pesos, aunque le hubiese costado el doble el esclavo en su primera compra. Comenta Humboldt que los ejemplos de personas que dan libertad por testamento a cierto número de es­clavos son más comunes en la provincia de Venezuela que en cualquiera otra parte. Poco antes de que visitara los valles de Aragua y el lago de Valen­cia, una dama que habitaba la considerable villa de La Victoria ordenó a sus hijos, desde su lecho de muerte, que diesen libertad a todos sus esclavos, en total unos treinta.[29] Igual sucedía en México, donde un esclavo que con su trabajo lograba reunir algún dinero podía forzar a su amo a que le dé la libertad, pagán­dole la suma de 300 o 400 pesos. No se le podía negar la libertad, a pesar de que fuera triplicado el costo de su compra, o de que poseyera alguna habilidad particu­lar para ejercer un oficio lucrativo.[30] Al esclavo que haya sido maltratado con crueldad, le da la ley por este hecho su libertad, “si es que el juez hacía justicia al oprimido” –comenta Humboldt–. Era fácil concebir que esta ley fuera eludida en muchas ocasiones, aunque si era aterrador difícilmente podían liberarse  del peso de la ley.

“He visto en México por el mes de julio de 1803, el ejemplar de dos negras a quienes el alcalde de corte dio la libertad, porque su ama, que era una señora nacida en las islas, las había llenado de heridas con tijeras, alfi­leres y cortaplumas. En este terrible proceso, fue acusada el ama de ha­ber roto los dientes con una llave a sus esclavas, cuando éstas se que­jaban de una fluxión de muelas que no las dejaba trabajar”.[31]

No obstante, Humboldt señala la enorme diferencia que había entre la Nueva España y el resto de otras regiones hispanas. En la Jamaica o en Cuba se ven muchas llanuras plantadas con esmero de caña de azúcar y de café, “pero regadas con el sudor de los esclavos africanos. La vida del campo pierde su atrac­tivo cuando es inseparable del aspecto de la infelicidad de nuestra especie. Sin embargo, en lo interior del reino de México la palabra agricultura recuerda ideas menos penosas y tristes. El cultivador indio es pobre, pero libre. Su estado es muy preferible al de los aldeanos de una gran parte de la Europa Septentrional. En la Nueva España no hay contribución de ser­vicios corporales ni esclavitud”. El número de esclavos era prácticamente nulo comparado con el total de población (6.000.000) y

“la mayor parte del azúcar es fruto del trabajo de manos libres. Los prin­cipales objetos de la  agricultura  no son esos productos a que el lujo de los europeos ha dado un valor va­riable y arbitrario, sino los cereales, las raíces nutritivas y el maguey, que es la viña de los indígenas. La vista de los campos recuerda al viajero que aquel suelo da de co­mer a quien lo cultiva, y que la ver­dadera prosperidad del pueblo mexi­cano no depende ni de las vicisitudes del comercio exterior, ni de la polí­tica inquieta de la Europa”.[32]

Por el contrario, la situación de los esclavos negros en el interior era sobrecogedora. Comenta Humboldt que un esclavo negro había sido condenado a muerte en Cariaco (Venezuela) y el cura de Catuaro, que le acompañaba, se dirigió allí para prestarle los auxilios de su ministerio. Durante el trayecto Humboldt no se pudo liberarse de los comentarios “a favor de la trata, sobre la malicia innata de los negros y sobre las ventajas que saca esta raza de su estado de servidumbre entre los cristianos”.[33] La justicia, lejos de protegerlos eficazmente en el curso de su vida, no puede ni aun castigar los actos de barbarie que les han causado la muerte. Si se intenta averiguar la muerte del esclavo se atribuye a la flaqueza de su salud, a la influencia de un clima ardiente y húmedo, a las he­ridas que se le han causado, asegurándose, desde lue­go, haber sido poco profundas y poco peligrosas. La autoridad civil es impotente en todo lo que concierne a la esclavitud doméstica, “y nada es más ilusorio que el tan ensalzado efecto de esas leyes que prescriben la for­ma del látigo y el número de golpes que se permite dar de una vez. Como comenta Humboldt, las personas que no han vivido en las co­lonias o que no han habitado en las Antillas piensan con harta generalidad que el interés del amo en la conservación de sus esclavos debe hacer tanto más llevadera la existencia de estos cuanto menos considerable es su número. No obstante, “en Cariaco mismo, pocas sema­nas antes de mi llegada a la provincia, un plantador que sólo poseía ocho negros hizo perecer seis de ellos fusti­gándolos de la manera más bárbara. Destruyó volun­tariamente la mayor parte de su fortuna, habiendo fallecido en el acto dos de sus esclavos. Con los cuatro que parecían más robustos se embarcó para el puerto de Cu­maná; pero estos murieron durante la travesía. Este acto de crueldad fue precedido el mismo año de otro cu­yas circunstancias eran igualmente temerosas. Delin­cuencias tan grandes han quedado más o menos impu­nes: el espíritu que dictó las leyes no es el que preside en su ejecución. El Gobernador de Cumaná era un hombre justo y humano; pero las formalidades judi­ciales están determinadas, y el poder del Gobernador no llega hasta la reforma de abusos casi inherentes a todo sistema de colonización europea”.[34]

Según Humboldt, sólo las Antillas inglesas habían recibido en los últimos cientoseia años (1686-1786), más de 2.130.000 negros traídos de las costas de África. En la época de la Revolución francesa, el comer­cio de esclavos suministraba 74.000 por año, 38.000 para las colonias ingle­sas y 20.000 para las francesas. Cree que en todo el archipiélago de las Antillas, con apenas 2.400.000 negros y mulatos (libres y esclavos) habían entrado desde 1670 a 1825 cerca de 5.000.000 de africa­nos (negros bozales). En estos cálculos “acerca del consumo de la es­pecie humana no se ha tenido en cuenta el número de desgraciados esclavos que han muerto en la travesía o han sido echados al mar como mercancías averia­das”.[35]

Las conmociones causadas por las revueltas de Santo Domingo en 1790 y las de Ja­maica en 1794, causaron alarmas entre los hacendados de la isla de Cuba, y se tomaron medidas para conservar la tranquilidad del país. Se hicieron reglamentos acerca de la persecución de los esclavos fugitivos, como el Reglamento sobre los negros cimarrones, de 20 de diciembre de 1796.  Antes de 1788 había muchos cimarrones atrincherados y amontonados, ocultos durante el día en los bosques y robaban víveres por la noche, con la vana esperanza de hallar su tierra, tan exte­nuados de fatiga y de hambre, y “las autoridades locales, o mejor dicho, los propietarios ricos que componen el Ayuntamiento de la Habana, el Consulado y la Sociedad Patriótica han mani­festado en muchas ocasiones disposiciones favorables para mejorar la suerte de los esclavos, derecho a buscar amos, menos severidad, entre otras medidas humanitarias”.[36] Pero sigue comentando Humboldt

“por más que se lleve cuenta de los azotes, por más que se rebaje el número de los que se pueden dar de una vez, por más que se requiera la presencia de testigos y por más que se nombren protectores de los esclavos, todos estos re­glamentos, dictados por las intenciones más benéficas, se eluden con facilidad; porque la separación de los plantíos imposibilita la ejecución; y los reglamen­tos suponen un sistema de inquisición doméstica, incompatible con lo que se llama en las colonias «derechos adquiridos». El estado de esclavitud no puede mejorarse pacíficamente del todo sino por la acción simultánea de los hombres libres (blancos y de color) que habitan las Antillas, por los congresos y legisla­turas coloniales, y por la influencia de los que gozando de gran consideración moral entre sus compatriotas, y conociendo las localidades, saben variar los medios de hacer la mejora, según las costumbres, los hábitos y la posición de cada isla”.

La situación de la esclavitud en el archipiélago de las Antillas era tan alarmente, sobre todo en   Cuba, que le mereció a Humboldt el último capítulo en su obra Ensayo político sobre la Isla de Cuba. Por supuesto, por sus consideraciones no podían ser del agrado de los sectores esclavistas, “algunos de los cuales formaban parte incluso de esas instituciones que Humboldt consideraba preocupadas por el mejoramiento de la situación de los esclavos”.[37] El Ayuntamiento de La Habana, en sesión de 29 de novimebre de 1827, acordó impedir la circulación de la obra de Alexander von Humboldt Ensayo político sobre la Isla de Cuba por su observaciones críticas referentes a la esclavitud.[38]

Nada más llegar a París en 1804 de regreso de tierras americanas, Humboldt comenzó a redactar sus obras mayores. En todas ellas, la volcanología, flora y naturaleza insulares estarán presentes en sus escritos producto de su estancia canaria. En 1808 su Ansichten der Natur (“Cuadros de la Naturaleza”), libro Iº, “Estepas y desiertos”, Humboldt trata el problema de la identificación del Atlas con el Teide en la Antigüedad, no dudando en afirmar que el Atlas de los geógrafos griegos y romanos no podía ser otro que el Teide, apoyándose para ello en los estudios del filólogo, cronologista, matemático y astrónomo alemán Ludwig Ideler (1766-1840); en su libro IV “De la fisonomía de las plantas” trata el colosal drago (Dracoena draco) en medio del jardín de Franchi en la Villa de La Orotava,

Pero sin duda serían en la “Descripción de su estancia en Tenerife” en sus Diarios de Viaje, traducido del alemán por Marta Fernández Bueno y publicado por primera vez al castellano por Miguel Ángel Puig-Samper y Sandra Rebok en su libro Sentir y Medir, Alexander von Humboldt en España, y en su Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, 1799,1800, 1801,1802, 1803, 1804 (“Relato Personal del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente”), traducido del francés al español por primera vez por el venezolano Lisandro Alvarado Marchena (1941), miembro de la Academia Nacional de Medicina, Sociedad de Americanistas de París y Ateneo de Caracas, y la parte específica de Canarias por Daniel Ardila Cabañas y Nicolás González Lemus (2005), donde Humboldt dedique más páginas a su estancia a la isla. En sus Diarios de Viaje Humboldt habla de todas las islas, además de su tour isleño, y en Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent relata con todo detalle la visita a Tenerife y la subida al Teide.

CONCLUSIONES

Si bien Humboldt describe los “Pisos de Vegetación” que encontró en el valle de La Orotava, dando origen a su teoría de la geobotánica; hizo observaciones del estrato volcánico del complejo Pico Viejo-Teide, aunque no de la erupción de Chahorra, llamada Narices del Teide, en el año 1798, dando origen al abandono su concepto neptuniano del globo terrestre para abrazar la tesis plutonista, midió los aires del Teide y describió la violeta del Teide, que descubrió 75 años atrás el naturalista francés Louis Feuillé (1724); aspectos todos bien tratados por los estudiosos de la obra humboldtiana, no menos importante fueron las referencias sociales y etnográficos sobre las islas, pero lamentablemente olvidadas a la hora de acercarse a la visita de Humboldt a las Canarias, y que, sin embargo, forman parte importante de su legado analítico.

No duda en considerar a la nobleza terrateniente como la causante del paupérrimo estado en que vivía el campesinado canario, cuya forma de vida considera absolutamente feudal. Régimen feudal que critica ferozmente. Para Humboldt, si no fuera las condiciones de miseria en que vivía las islas, las mismas disfrutarían de un mayor progreso.

Con respecto a la esclavitud, Humboldt insinúa que aquellos gobiernos europeos que tuvieran un sen­tido de la dignidad del hombre y eran conscientes del germen de la destrucción humana podían dar un impulso en aras de acabar con ella, pero este impulso sería ineficaz si los propietarios, si los congresos y las legislaturas coloniales no adoptaran las mismas miras, y no obraran conforme a un plan bien concertado cuyo último objeto sea la supresión de la esclavitud en las Antillas.

Humboldt y Bonpland recabaron tal cantidad de datos, información geográfica y muestras científicas que revelaron a Europa las maravillas naturales del Nuevo Mundo, pero sobre todo a su nación –aún en formación– ya que aún los estados germanos caminaban separados y vivían de espalda al mundo del viaje de ultramar, al contrario de lo que habían hecho Inglaterra y Francia en décadas anteriores. Precisamente, el viaje de Humboldt despertó en la futura Alemania del siglo XIX tal interés por la actividad exploratoria fuera de sus fronteras que una ola de distinguidos naturalistas recogen el guante lanzado por el germano más universal. Ningún viajero alemán suscita entre los naturalistas germanohablantes un sentimiento tan claro por el mundo del viaje como Humboldt. A él le seguirá un largo número de viajeros alemanes que a lo largo del XIX visitaron Canarias por los más diversos fines e intenciones y van dejando un gran acopio de li­teratura viajera: los geólogos Christian Leopold von Buch (1815), Karl Georg Friedrich Hartung, Karl Georg Wilhelm Fritsch y Johann Wilhelm Reiss (1853-1862); el diplomático Julius Freiherr von Minutoli (1853); el botánico Carl Bolle (1851-52 y 1854-56); el archiduque de Austria Maximilian, (1859), posterior emperador de México;  el naturalista Karl Friedrich Noll (1872); el doctor Wilhelm Biermann, estudioso de la climatología insular en los años 1868  y 1884,  y  así hasta la treintena de viajeros. Intentar hacer una exposición de todas las propuestas y visiones isleñas de estos viajeros transcendería los límites de este trabajo.

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* Profesor de Historia Económica del Turismo en Canarias. Escuela Universitaria de Turismo Iriarte. ULL. E-mail: musle@nicolasglemus.es

[1] British Library. (Sloane 3328).

[2] HERRERA PIQUÉ,  Alfredo. Las Islas Canarias, escala científica en el Atlántico. Viajeros  y naturalistas en el siglo XVIII. Rueda. Madrid, 1987. Pág., 106.

[3] BROSSE, Jacques. Les tours du monde des explorateurs. Bordas. París, 1983. Pág, 92 (existe traducción en español realizada por Purificación Mayoral bajo el título La vuelta al mundo de los exploradores. Reseña. Barcelona, 1994).

[4] HUGHES, Robert. The Fatal Shore. Collins and Pan Books. Sufforlk, 1988. Pág., 73 (existe edición en español traducción de Ángela Pérez y José M. Álvarez bajo el título  La costa fatídica. La epopeya de la fundación de Australia. Galaxia Gutenberg. Barcelona , 2002). Sobre la estancia de la First Fleet en Tenerife, véase Ángel Pérez Rodríguez, Cinco siglos de historia y filatelia de Canarias. Santa Cruz de Tenerife, 1994).

[5] STAUNTON, George. An Authentic Account of an Embassy from the King of Great Britain to the Emperator of Chine. W. Bulmer and Co. London, 1797. 3 vols. vi. Pág., 47.

[6] COOK, James. Abstract of Captain Cook’ s First Voyage. -An Abstract of Captain Cook’s Second Voyage. -An Abstract of Captain Cook’s Last Voyage. Pinkerton (John) A General Collection of … Voyages and Travels. London. 1808. v.iii. Pág., 89.

[7] Johann Reinhold Forster’s und seines Sohnes Georg Forster’s Reise um die Welt … während den Jahren 1772 bis 1775. in dem vom Capitain J. Cook commandirten Schiffe the Resolution ausgeführt. (Aus dem englischen übersetzt vom Verfasser Herrn G. Forster … Mit Zusätzen für den deutschen Leser vermehrt und durch Kupfer erläutert.). Berlín, 1778.

[8] BOTTING, Douglas. Humboldt y el Cosmos. Ediciones del Serbal. Barcelona, 1981. Págs., 15.

[9] PICO, Berta, y CORBELLA, Dolores. Viajeros franceses a las Islas Canarias. Instituto de Estudios Canarios. La Laguna, 2000. Pág., 182.

[10] BOETSCH, Pablo. “Alexander von Humboldt como antropólogo. La Literatura de viajes y la emergencia de la antropología americana”  Anuario Argentino de Germanística 2005, I. pp. 15-23

[11] La Third Fleet se dirigía a aguas del sur para sustituir el destacamento de infantes de marina establecido desde el primer asentamiento británico realizado con la First Fleet

[12] George Leonard Staunton,  médico y miembro de la Royal Society de Londres, nacido en Galway, Irlanda, en 1737, y fallecido en Londres en 1801, vino acompañado de su hijo, George Thomas, que se quedó en Cantón por una época. Staunton relató el intentó de subir al Teide, pero que las malas condiciones climatológicas se lo impidieron, a pesar de que hizo enormes esfuerzos en Las Cañadas para conseguirlo, de su compañero de viaje John Barrow (Ulverston, 1764-Londres, 1848), catedrático de matemáticas en Greenwich, miembro también de la Royal Society y secretario de lord George McCartney, al cual acompañó no solamente a China, sino también cuando McCartney se trasladó a Ciudad del Cabo, momento en que Barrow realizó importantes viajes de exploración en el África austral. Barrow participó en la fundación de la Royal Geographical Society de Londres, de la que fue además su presidente [Ref. González Lemus, Nicolás “Glosario bibliográfico de navegantes, naturalistas y viajeros relacionados con el Teide” en catálogo de Exposición  El Teide, representación e identidad, 2003. Excmo. Cabildo Insular de Tenerife, 2003. Págs., 193 y 223.

[13] HUMBOLDT, Alezander von. Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo: Las Canarias  Nivaria Ediciones,  2005. Pág.,  2002.

[14] Ibídem., pp., 193.

[15] Ibídem., pp., 283.

[16] Ibídem., pp., 282.

[17] Humboldt, A. Von. Op. Cit., 2005. 185)

[18] Ibídem., pp., 276.

[19] Ibídem., pp., 277.

[20] BENJAMIN, S. G. W. The Atlantic Islands. Sampson Low, Marston, Searle ad                Rivington. London, 1878. Pág., 131.

[21] GLAS, George. The history of the discovery and conquest of the Canary Islands. Dodsley and Durham. London, 1764. (Traducido al español el texto de Glas por Constantino Aznar, La Laguna, 1976).  Págs.,  287-88.

[22] PÉREZ VENTOSO, Jorge. Orotava as a health resort Chas. J. Clark. London 1893. Pág., 11.

[23] STAUNTON, George. An Authentic Account of an Embassy from the King of Great Britain to the Emperator of Chine. W. Bulmer and Co. London, 1797. 3 vols. vi. Pág., 47.

[24] HUMBOLDT, Añejandro von. Op. Cit. 2005. Pág., 190.[25] HUMBOLDT, Alejandro de. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Prmiera edición en español en París, 1822, según traducción de Vicente González Arnao. Primera edición en “Sepan  cuentos”  de la editorial Porrúa, México, 1966. 5ª edición con estudio preliminar, revisión del texto, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega Medina. Porrúa. México, 1991.

[26] HUMBOLDT, Alejandro de. Ensayo político sobre la Isla de Cuba. Primera edición en francés en París, 1826, y al año siguiente en la misma ciudad en español. Primera edición en España en coedición de Doce Calles y Junta de Castilla y León, con estudio preliminar  de Consuleo Naranjo Orovio, Miguel Ángel Puig-Samper Mulero y Amando Gracía González. Madrid, 1998.

[27] HUMBOLDT, Alejandro de. Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente en los años 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 y 1804. Primera edición en francés en París,  1816 primer tomo y 1831 último tomo. Primera edición en español, traducción realizada por Lisandro Alvarado en 1941 (Escuela Técnica Industrial, Caracas). Nueva traducción de Daniel Ardila Cabañas y Nicolás González Lemus de la parte concerniente al viaje a Tenerife, con estudio introductorio, notas y bibliografía de Nicolás González Lemus. Nivaria Ediciones,  2005.

[28] Humboldt, A .  Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente en los años 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 y 1804. Escuela Técnica Industrial. Caracas, 1941. V. II.  Pág.,  136..

[29] Ibídem., pp., 304.

[30] Humboldt, Alejandro de. Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.. Porrúa. México, 1991.  Pág., 89.

[31] Ibídem.

[32] Ibídem., pps., 236-237.

[33] Humboldt, A. Op. Cit. 1941. Tomo II. Pág., 251.

[34] Ibídem.  Págs.,  136-37.

[35] HUMBOLDT, Alejandro de. Ensayo político sobre la Isla de Cuba. Doce Calles y Junta de Castilla y León. Madrid, 1998.  Pág., 307.

[36] Ibidem.

[37] Ibídem. Pp.,  90.

[38] Ibídem. Pág.,  91.

 

4. TURISMO VERSUS ESCLAVITUD

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